UNA CARTA DEL CARDENAL LORENZANA SOBRE DUELOS Y DESAFÍOS

Durante este año 2022, se han cumplido los 300 años del nacimiento del cardenal y arzobispo Francisco Antonio de Lorenzana, (1722-1804), concretamente el 22 de septiembre, así lo recordaba en prensa Miguel Ángel Dionisio Vivas, historiador y archivero (http://bitly.ws/wqeu).

Afortunadamente contamos con un retrato suyo entre nuestras fotografías, se trata de la pintura situada en la sala capitular de la Catedral cuyo autor es el pintor Zacarías González Velázquez (1763-1834), a finales del siglo XIX.

En anteriores entradas ya hemos destacado al cardenal Lorenzana, (http://bitly.ws/wuNp), sobre todo en relación a la Universidad de Toledo, para la que mandó levantar un nuevo y soberbio edificio para la Universidad de Santa Catalina, como podemos apreciar en la fotografía también nuestra, que permite ver asimismo la calle donde se ubica que lleva su nombre en su memoria. Son numerosísimas sus actuaciones en favor del arte en nuestra ciudad, contribuyó a embellecer la Catedral Primada, rehabilitó los edificios de los hospitales de San Juan de Dios y del Corpus Christi, entre otras muchas obras. Para ahondar en estos aspectos en los que no podemos detenernos ahora, os recomiendo la publicación de 2004 con motivo del II Centenario de su muerte, coordinada por Ángel Fernández Collado y titulada El cardenal Lorenzana, arzobispo de Toledo, si queréis saber más sobre su insigne vida.

La fama de este prelado es importante, se le ha calificado como hombre de la Ilustración, aunque quizá no pueda aplicársele el término en toda su amplitud. Sin embargo, observando el conjunto de sus actuaciones como arzobispo y como hombre de gobierno en la Iglesia, destacó por desarrollar algunas características ilustradas en sus acciones en favor de la caridad hacia los más necesitados, la promoción social y cultural de las gentes y la revalorización del esplendor de la Iglesia en España. Fue primero arzobispo de Plasencia y luego de México, para después, en 1772 ser nombrado arzobispo de Toledo.

Vamos a desempolvar un documento de nuestro archivo, es una carta impresa entre otras suyas de 6 de septiembre de 1780, que el arzobispo escribió para dar respuesta a la consulta de un confesor, sobre si era lícito aceptar el desafío. Vemos que, en el siglo XVIII, los duelos eran una práctica que aún pervivía.

El duelo era una forma de justicia privada que más o menos había sido tolerada durante la Edad Media, pero que ya desde los Reyes Católicos, se había prohibido a través de la legislación tratando de erradicarla. Y posteriormente en la legislación borbónica de 1716 y 1757 se habían endurecido las medidas contra ella. Pero ni las condenas de la Iglesia ni la legislación habían conseguido que desaparecieran duelos y desafíos.

En estos términos lo define el arzobispo en su carta: “El desafío es un resto de la mayor barbarie, es una mala reliquia, que nos ha quedado de los godos, … es un atentado contra la autoridad pública…”. Prosigue diciendo que como prelado y según el Evangelio y los mandamientos de la Ley de Dios no es lícito matarse en duelo, desafío o torneo; que no se puede volver una injuria por otra; y que se debe desterrar de tierra de católicos la expresión de que queda infamado el que no acepta el desafío, o que queda sin honor.

Con sus argumentos, Lorenzana intenta anteponer y hacer valer otras razones en favor del honor, dice asimismo que las obras de valor y no las palabras provocativas de particulares son las que tienen que predominar, la virtud y no la desvergüenza. Refuerza la importancia de la obediencia al Rey y no a las pasiones desenfrenadas, en consonancia con los preceptos evangélicos.

Y le dice finalmente al confesor, que si esta respuesta suya, le pareciesen sentencias religiosas de la mansedumbre de un eclesiástico, le recomienda que lea a los más sabios, especialmente a Séneca en sus tratados sobre la tranquilidad del ánimo, donde hallará remedios contra la ira; y a Marco Catón, a otros varones y a Cicerón, que trataron la idea del honor. A través de esta carta se nos muestra que Lorenzana fue un clérigo instruido, preparado intelectualmente y que actúa como pastor de su rebaño resolviendo cuestiones que inquietan a su feligresía.

¡VUELVE NUESTRA EXPOSICIÓN!

Pues sí, a partir del próximo 1 de octubre volvemos a abrir nuestra Sala de Exposiciones y lo hacemos retomando la exposición sobre el 90 aniversario del AHPTO, que tuvimos que interrumpir inesperadamente. Estará abierta hasta el 5 de enero de 2023 en su horario habitual: todos los días laborables por la mañana. Como siempre, os esperamos a todos.

Cartel de la exposición "90 años del AHPTO"

EL TESTAMENTO DE ÁLVAR GÓMEZ DE CASTRO

Nuestro personaje de hoy, Álvar Gómez de Castro, falleció un 16 de septiembre de 1580, hace 442 años y cinco días exactamente. Poco antes de su fallecimiento otorgó testamento, este texto de su puño y letra ya fue estudiado por Francisco de Borja San Román, nuestro antiguo director, cuyo trabajo nos ha servido de referencia y podéis ver aquí (https://bit.ly/3qLMnau).

Antes de entrar de lleno en el testamento vamos a rastrear brevemente quién era este personaje. Nació en la localidad toledana de Santa Olalla de familia judeoconversa, es posible que fuera hijo del médico Diego Gómez y del médico del primer conde de Orgaz, lo cuál nos sitúa en un entorno familiar culto que favoreció su extensa formación humanística. Fue catedrático de griego en las universidades de San Ildefonso de Alcalá de Henares y de Santa Catalina de Toledo, además de historiador, poeta y principalmente helenista como le define Carmen Vaquero, investigadora de nuestro Archivo (https://bit.ly/3BrqYIz) y biógrafa de Álvar, gracias a la que conocemos todos estos detalles de su trayectoria vital. Después de distintos avatares y tras varios años en Alcalá, en 1547 se trasladó a Toledo una vez fallecido su hermano Tomás que residía en Roma. Vino llamado por el catedrático de la universidad toledana, Juan Vergara y por su amigo Bernardino de Alcaraz. Ocupó una cátedra en esta universidad de la que a su vez fue capellán, así como de la parroquia de San Pedro. De él se conserva un retrato del siglo XVIII en la galería de ilustres de la Biblioteca de Castilla La Mancha, obra de Santiago Palomares. Destacó por escribir multitud de obras y cabe destacar la más importante, una biografía del cardenal Cisneros. Entre las inscripciones más famosas que compuso en la ciudad, están la de la iglesia del monasterio de Santo Domingo el Antiguo, y especialmente la de la iglesia de Santo Tomé en la que se recuerda la vinculación del señor de Orgaz con aquella parroquia, y sobre la cual se habría de situar El entierro del señor de Orgaz, de El Greco.

No tenemos apenas información de su docencia en la Universidad toledana, porque de esas fechas casi no se ha conservado documentación. Como excepción, sabemos que en dicho edificio tenía unos aposentos construidos en 1556, y que fueron reparados por acuerdo del claustro universitario en 1599: “los aposentos que dicen del maestro Álvar Gómez”.
Poco antes de su fallecimiento, redactó su testamento el 10 de septiembre. En este texto que parece ser ológrafo, de su puño y letra, sorprende que entre las habituales mandas testamentarias sobre el futuro reparto de sus bienes y las disposiciones sobre su entierro o las misas por su alma, sobresalga una gran preocupación de Álvar por sus libros. Su biblioteca debió ser una verdadera joya. Detalladamente va adjudicando a unos y otros herederos ciertos libros: “Lo que tengo que distribuir son libros, y asi fuera de los que quedaron para el provecho de mis herederos quiero que se repartan…”.

Leemos que algunos ejemplares fueron destinados al colegio de Santa Catalina, como un “vocabulario” antiguo de Alonso de Palencia, del que dice que es un libro que nunca más se imprimirá, lo que acrecentaba su valor. Al canónigo obrero de la Santa Iglesia catedral, dejó un libro tocante a los arzobispos de Toledo, una historia de San Eugenio y un cuaderno latino de los prelados que se llamaron Sanchos. Se trata en realidad de los manuscritos o borradores de sus libros para que se entreguen a la catedral Primada, de los cuales dice que le han costado muchos dineros y trabajo escribirlos, pero como la iglesia siempre le hizo merced y le dio salario se los dona en agradecimiento.

Para la que denomina librería o biblioteca del Colegio de la Universidad de Santa Catalina destinó cuatro libros de Juan Ramírez, que fue su maestro y catedrático de Retórica en el Colegio de Alcalá. Y asimismo un cuadro con la “Virgen y San José, el Niño y Santa Isabel con Juan el Bautista”, destinado a su capilla, que San Román aventura que debía ser de El Greco.

Otros cuatro libros de medicina que fueron de su abuelo y estaban escritos de su mano, irían a parar también a la catedral de Toledo, al igual que una Gramática de Antonio de Nebrija. A su amigo el deán, don Diego de Castilla, le encomienda unos libros de Historia de España para que los examine y considere su utilidad y si lo desea los conserve. A su sobrino Diego de Villodre, le tocarían obras de San Bernardo, libros de Erasmo, de Dioscórides y otros que fueron de su bisabuelo y están glosados, anotados de su mano.

Álvar Gómez de Castro poseía una serie de libros en griego, que denomina “raros”, como los libros de Arquímedes y los de San Cirilo sobre los profetas menores; y otros en latín, como Las Catilinarias o Las Bucólicas de Virgilio. Su voluntad es que estos se vendieran, para lo que deja una memoria antigua con sus valores. Primero se ofrecerían al obrero de la catedral y después al colegio de Santa Catalina y, en última opción, a don Luis Manrique limosnero mayor del rey, a fin de que los adquiriesen.

Y no sólo libros, sino que el patrimonio de Álvar iba más allá. Poseía unos “retratos de piedra”, posiblemente bajorrelieves, del cardenal Cisneros y de Antonio de Nebrija, cuyo autor era maese Felipe, seguramente el borgoñón Felipe de Bigarny, que irían destinados a García de Loaisa y Girón, arcediano de Guadalajara y futuro arzobispo de Toledo. También poseía una pieza arqueológica que denomina “arusa antigua”, que sería un ara de piedra arenisca que le habían traído de Consuegra con esta inscripción: “Minervae augustae mercurius et mulier exvot”. Este ara y un libro estaban destinados al arzobispo de Tarragona.

Dos libros más, los dejaría nuestro protagonista al arquitecto Nicolás de Vergara el Mozo, en este caso libros y objetos que le había regalado su padre, Nicolás de Vergara el Viejo, tiempo atrás. Los libros eran Grapaldus de Partibus Aedium y el otro Pomponio Gaurico, de escultura, junto con una imagen de un Cristo de madera de boj que también le entregó y un retrato del propio Vergara.

Como observamos, muchos de los destinatarios de sus bienes fueron personas ligadas al mundo del arte y de la esfera cultural toledana.

Por último, entre las clausulas finales se dice que tenía en su poder documentos y libros que pertenecían a los archivos de la Santa Iglesia de Toledo, entre ellos un “libro de privilegios que llaman del tombo”, o sea un tumbo (libro copiador recopilatorio de los privilegios, generalmente voluminoso) y del mismo modo algunos papeles y pergaminos que en parte guardaba en su casa en una canasta y parte en un arca. Dispuso que volviesen a la Primada. Según San Román se trataría del Liber primus privilegiorum ecclesiam toletanam, que se conserva hoy en el Archivo Histórico Nacional. Todo este material que tendría en su poder sería para la redacción de sus trabajos sobre las vidas de los arzobispos toledanos. Podemos con esto imaginar el movimiento, el ir y venir de los documentos que eran sacados de los archivos e iban de mano en mano, como en este caso, era habitual que se prestasen y trasladasen. Álvar, tuvo la firme voluntad de devolverlos y no se olvidó de ello hasta el punto de reflejarlo en su testamento.

NIÑOS EXPÓSITOS DEL HOSPITAL DE SANTA CRUZ

El abandono de niños fue un fenómeno que numéricamente arrojó cifras considerables durante el Antiguo Régimen en España. Para ofrecer soluciones de urgencia a este problema se crearon hospitales y otras obras pías, en algunos casos auspiciadas por cofradías para el recogimiento de los niños abandonados y huérfanos. La Iglesia y el Estado, conscientes del problema de los expósitos lo abordaron desde el prisma cristiano, primero bautizándolos y posteriormente ocupándose de su crianza, tal como correspondía a la caridad, lo que se convertiría en el concepto de beneficencia ya en el siglo XIX.

Para este fin se creó en Toledo el Hospital de Santa Cruz, fundado por el cardenal y arzobispo primado, Pedro González Mendoza († 1495) —promotor al que ya hemos hecho mención con anterioridad http://bitly.ws/t3YT—, según sus disposiciones testamentarias del año 1494. El edificio fue proyectado por Antón Egas hacia 1504 https://bit.ly/3PISpU7 y en cuya construcción intervendrá el famoso Alonso de Covarrubias. Asimismo, Alfredo González ha tratado el tema en profundidad en su tesis inédita: El abandono de niños expósitos en la Edad Moderna, dedicándole un apartado al hospital fundado por el cardenal Mendoza. Su fondo documental se conserva en el Archivo de la Diputación Provincial de Toledo, institución que recibió los fondos de los establecimientos de beneficencia en el siglo XIX https://bit.ly/3be0hOA.

Los niños que recalaban en este centro eran principalmente los recién nacidos no deseados. Estos eran fruto, en algunas ocasiones, de relaciones ilícitas y condenadas como inmorales, cuyas madres estarían abocadas a sufrir vergüenza social, por haberlos traído al mundo. Un factor añadido era la pobreza que generalmente se sumaba a los inconvenientes que las madres solteras sufrían para ejercer la maternidad. Las constituciones del hospital dicen que se acogerá a los niños desamparados de padres y madres o por pobreza.

Hoy traemos a escena el ingreso de un recién nacido que fue llevado al Hospital de Santa Cruz, según consta en un documento de carácter judicial de nuestro archivo. Nos cuenta como Javiera García Romeral, mujer soltera y vecina del toledano lugar de La Guardia, dio a luz a un hijo en su casa, asistida por una comadre del lugar, llamada Francisca Muñoz. Los hechos acaecieron un 15 de septiembre de 1780 y del estado de preñez de la joven madre, se había dado cuenta ya al alcalde dos meses antes. En ese momento fue interrogada, al tratarse de una mujer soltera se pretendía averiguar quien era el autor del concebido, respondiendo Javiera que no le conocía y que ignoraba su nombre y apellidos. Llegado el momento del alumbramiento, entre las 10 y las 11 del citado día, aparecieron por la casa el juez y el escribano para dar fe, encontrando a Javiera en una cama con un niño recién nacido. Se dio recado también al cura del lugar, don Rodrigo de la Vega, que lo bautizó al día siguiente por la mañana. De conducirle hasta la iglesia parroquial de la localidad se encargó Francisca, la matrona, acompañada del alcalde y el escribano, para ponerle el nombre de Nicomedes.

Como este niño debía ser dado al cuidado y crianza de la caridad, siguiendo el procedimiento habitual y establecido, el alcalde nombró a dos personas para que lo condujesen y entregasen al hospital toledano de niños expósitos. Los elegidos fueron Josefa Díaz y su marido, José Guzmán de Lázaro, que lo llevarían a la capital para entregarlo al administrador del hospital. El matrimonio se encargaría también de acompañar el documento que los acreditaba firmado del juez y escribano, todo en regla.

Y llegamos al día 19 de septiembre, cuando Manuel de la Puerta, administrador del hospital certifica que ha recibido un niño conducido desde La Guardia que llegó sano y bien cuidado. Venía acompañado de su partida de bautismo y con cuatro ducados de limosna por el acogimiento del niño en el recinto.

En este establecimiento se recibían los niños para, principalmente, entregarlos a las amas de cría de Toledo. Terminado el tiempo de crianza, eran devueltos al hospital, donde permanecían hasta que se le encomendase a una familia de acogida, generalmente las niñas como criadas de la casa y los niños para aprender un oficio. Tal era el futuro que deparaba a estos infantes.

Las constituciones de esta institución hospitalaria han sido estudiadas por Laura Santolaya http://bitly.ws/t3Zf. Nos cuenta que, según el Catastro de Enseñada, a mediados del siglo XVIII, el hospital estaba a cargo de 363 niños y niñas, aunque la gran mayoría estaba al cuidado de familias particulares en general de clase baja, que percibían una paga por la atención de aquéllos. El hospital de Santa Cruz, durante esa centuria, funcionaba como modélico, ya que la organización y funcionamiento administrativo de los que disponía estaban reflejados en sus constituciones, dónde nada se dejaba al azar. Sobre esta cuestión, durante el reinado de Carlos III, se promulgó una real cédula en la que intentaba solucionar malos métodos en este tipo de espacios caritativos: «…desde los pueblos son conducidos a dicho hospital los más de los niños, que comúnmente encargan y fían su conducción a personas que, por su corta edad, poco talento o pobreza, no los trataban en los caminos con aquella caridad y cuidado que se necesitaba, ni los preservaban de las inclemencias y rigores del tiempo, como tampoco cuidaban de que se les diese el alimento necesario, así llegaban en todas las estaciones del año, y con el mayor desabrigo, puestos muchos de ellos en alguna espuerta, casi enteramente desnudos… no pocos de ellos, al tiempo de recibirse en el hospital, se hallaban tan maltratados, que fallecían luego y otros con alguna impresión en la cabeza, brazos u otra parte del cuerpo que les hacía inútiles para toda la vida; otros, tan penetrados del hambre, calor o frío que no tienen robustez para cosa alguna, no sirviendo el reconvenir sobre ello a los conductores, porque éstos se disculpan con que así se los entregaron, sucediendo lo mismo si les pedían los papeles o certificaciones de si estaban bautizados los niños, y demás que convenía, para hacer en los libros del hospital los asientos correspondientes y dar las providencias necesarias».

Desde luego no era el caso de Nicomedes que llegó a su destino en perfectas condiciones, que no es poco, si tenemos en cuenta los avatares que le habría de deparar su existencia.

MANIFIESTO ENCONTRADO EN EL RADIADOR

No de todos los documentos de nuestro archivo podemos afirmar con seguridad su procedencia, al menos su procedencia inmediata. En otras palabras: hay documentos que no sabemos cuándo ni cómo han llegado hasta nosotros. A veces se trata de grupos relativamente grandes de documentos, como los de la parroquia de Getafe que os presentamos hace algún tiempo. Pero hay documentos singulares de los que sí tenemos información precisa sobre cómo apareció en nuestro centro, aunque eso no nos sirva para saber en realidad de dónde procede. Este es el caso de hoy.

Nota manuscrita: "Manifiesto a favor de José Bonaparte. 1808. Encontrado en Sala de Investigadores al levantar la tapa del radiador. Sábado, 10-7-82"
Nota sobre el descubrimiento del documento

El 10 de julio de 1982 era sábado y se estaban realizando labores de mantenimiento de la climatización del AHPTO, entonces situado en la Casa de la Cultura de Toledo. Al levantar la tapa de uno de los radiadores, apareció un papel impreso que inmediatamente fue puesto en manos de la entonces directora del centro, Rosario García Aser, quien, evidentemente sorprendida, dejó en el propio documento una nota explicando el hallazgo. El impreso fue colocado junto con un pequeño grupo de cédulas y órdenes reales e incluido dentro de lo que hoy conocemos como “Colecciones”. Lo que no sabemos, desde luego, es cómo llegó hasta el radiador.

Final del texto impreso, con los nombres de los firmantes y la fecha: "Bayona, 8 de junio de 1808"
Final del documento

Veamos el documento en sí, que, por otro lado, es bastante conocido. Se trata de un manifiesto en favor de Napoleón y de su hermano José Bonaparte, firmado por un grupo de notables el 8 de junio de 1808, después de visitar al emperador en Bayona. Dos días después José sería nombrado rey de España, y el manifiesto se publicó en un número extraordinario de la Gaceta de Madrid el día 14. Ha sido estudiado en varias ocasiones y se sabe que su redactor fue uno de los firmantes, Francisco Amorós, que había sido estrecho colaborador de Godoy y que sería nombrado “Comisario regio” por el propio José I. Los demás firmantes son también altos funcionarios o aristócratas que podemos considerar “afrancesados”.

Texto impreso que empieza: "Amados españoles, dignos compatriotas".
Primera página del documento

Como la mayor parte de manifiestos, más que argumentos el texto recurre a los sentimientos. Se combina la adulación a los destinatarios (“dignos compatriotas”) con la lealtad de intenciones de los firmantes (“fuimos tan amantes y adictos como vosotros a nuestra antigua dinastía”) y, después de evocar su entrevista con Napoleón y de ensalzar su figura (“que quiere merecer bien de nuestra patria y pasar a la posteridad con el nombre de restaurador de ella”), acude al miedo, que tan buenos resultados ha tenido siempre en materia de propaganda política: “la anarquía es el mayor azote que Dios envía a los pueblos… ¿Y cómo resistiréis a las terribles fuerzas que se os opongan?”. Como sabemos, no fueron pocos los españoles que creyeron de buena fe en lo que los firmantes dicen, pero fueron más los que se opusieron, incluso con las armas.

LA FIESTA DEL OLIVO DE MORA EN 1959

Como sabéis, estos días se celebra en Mora su tradicional “Fiesta del Olivo”. Esta celebración se originó en 1957, por iniciativa del agricultor José Fernández-Cabrera Martín-Maestro y rápidamente alcanzó gran notoriedad. Apenas dos años después, se encargó a la Casa Rodríguez un reportaje completo de la III Fiesta del Olivo, que hoy se conserva en nuestro archivo y del que os queremos ofrecer algunas muestras.

La Fiesta del Olivo se celebra actualmente el último domingo de abril, pero en el año que nos ocupa lo hizo el día 12, tal como vemos en el cartel, que hemos extraído de la completísima web que el Ayuntamiento dedica a su fiesta principal. Por cierto, en esta web se puede encontrar, además de abundante información, un buen número de fotografías, diferentes de las nuestras. Pero vamos con nuestro reportaje. El acto central es el desfile de carrozas, como estas dos relacionadas con la aeronáutica, una con un avión y otra con un cohete que lo mismo señala la dirección de Venus que la de Toledo.

Foto de la carroza de la Reina Mayor bajo el arco de entrada a la plaza de Mora

Entre las carrozas no puede faltar la de la reina de las fiestas. Ese año, la Reina Mayor fue Dª Mª de los Ángeles Ortega Benayas. Por cierto, que esta señorita fue después archivera en el Archivo Histórico Nacional durante largos y fructíferos años. Ahí tenéis a nuestra futura colega, sonriente y orgullosa en lo alto de una vistosa carroza de plumas y acompañada de sus Damas de Honor, pasando bajo la portada en la entrada de la plaza.

Además de las carrozas alusivas a situaciones o acontecimientos, los morachos se visten de sus mejores galas tradicionales, formando vistosos conjuntos. Así, este apuesto joven o este grupo de niños, siempre con sus preciados burros.

No hay fiesta que se precie que no tenga también sus actos oficiales. En esta ocasión parece que se aprovechó para inaugurar una placa en la céntrica Avenida del Olivo en homenaje a D. Julio Partearroyo Fernández-Cabrera, destacado fabricante de aceite de la localidad. Hasta donde sabemos, actualmente la placa ha desaparecido. Además, tenemos aquí a las autoridades del momento visitando la Feria del Aceite, un evento integrado dentro de la Feria del Olivo. Encontramos, entre otras personas, al alcalde D. Ángel Ramiro (con pajarita) y al pregonero de ese año, D. Antonio García Bernalt (con gafas oscuras), que era a la sazón, por más señas, Delegado provincial de Sindicatos.

El desfile terminaba en la Plaza de Toros, donde vemos llegar al grupo de niños con sus maestras, y donde ese año hubo una exhibición de un caballista, al que vemos en plena acción. Todo indica que fue un magnífico día.

VIERNES SANTO EN LA CATEDRAL DE TOLEDO

A las puertas de la Semana Santa de 2022, los templos y conventos de Toledo se preparan para las celebraciones litúrgicas. Esta vez nos centramos en las celebraciones del Viernes Santo de 1639 en el templo principal, la Catedral, con un documento del que desconocemos su procedencia y llegada a nuestro archivo, así como de algunos otros que emanados del cabildo catedralicio y el arzobispo han recalado aquí.

Julián Fernández es el nombre del canónigo racionero del templo y notario del arzobispo, que con su donación económica pretendía engrandecer los actos litúrgicos del Viernes Santo.

Como canónigo racionero era uno de los clérigos que se ocupaban de la liturgia en la catedral y especialmente del servicio del coro. Julián ofreció 50 ducados de renta para dotar las ceremonias “a fin de honrar a Cristo en esta festividad del Viernes Santo”, y por lo tanto especificaba con detalle cómo se debían desarrollar los actos de ese día desde las 12 a las 3 de la tarde, “en las tres horas que estuvo vivo y clavado en la cruz”. Indicaba que, durante este tiempo, los prebendados, racioneros y capellanes debían estar situados en su silla del coro, de pie, de rodillas o sentados, según cada uno su devoción. Permanecerían meditando y contemplando los padecimientos de Nuestro Señor y rogando por el estado de la Iglesia, la paz y concordia entre los príncipes cristianos, la extirpación de las herejías o lo que hubiere necesidad. Estipula también que debían establecerse tres turnos de una hora cada uno, y en cada turno permanecerían ocho prebendados, dieciséis racioneros y dieciséis capellanes. Como compensación, cada prebendado recibiría ocho reales, cuatro los racioneros y uno cada capellán, por lo que Julián gastaría en ello en total, 432 reales.

Era su deseo que se cantara el miserere, “para que el pueblo se aficione y repare en el misterio de la Pasión”, y se debía recitar un sermón que comenzase a las dos de la tarde, para después cantar un responso o un motete que contuviera las últimas palabras de Cristo en la cruz, pronunciadas en latín: “Pater in manus tuas comendo spiritus meum”, es decir: Padre en tus manos encomiendo mi espíritu”.

Todos estos actos se realizarían estando al descubierto el Cristo que está en la reja del coro mayor, al que se le pondrían luces en los candeleros que también el racionero pagaría de su bolsillo, calculó 1.118 reales para los gastos de la cera. Su intención era que se empezase a celebrar de este modo la liturgia del Viernes Santo desde el año 1639.

Según el Ceremonial del racionero Arcayos, – contemporáneo a nuestro documento-, que recoge el ciclo festivo de la catedral de Toledo estudiado por Fernando Martínez Gil (https://bit.ly/3uuI5ap), se sabe que el Viernes Santo entre las dos y las tres, se velaba el crucifijo que está encima de la reja para acompañar a Cristo en la cruz, se cantaba la Pasión según san Juan a tres voces, desde 1628 y se procedía a la ceremonia de la Adoración de la Cruz.

No sabemos si definitivamente desde 1639 se modificó el modo de esta celebración, tal como era el deseo de Julián Fernández nuestro racionero, puesto que él proponía al arzobispo, llevar a cabo esas nuevas ceremonias cubriendo los gastos que supusieran, y no conservamos ningún documento más para poder conocer si realmente el arzobispo aceptó sus deseos.

Coro de la catedral de Toledo.  (https://bit.ly/3JmN0xW)

En cualquier caso, el marco en el que se desarrollaban los actos religiosos del Viernes Santo, era el coro catedralicio, situado frente al altar mayor y del que conservamos imágenes en nuestra colección fotográfica, que bien merece una mención por la magnificencia de su factura. El coro es un recinto que está cerrado por un muro o costanera en su perímetro y por una maravillosa reja en la parte que queda de frente al presbiterio, coronado por una crestería. De este modo podemos apreciar una visión del conjunto con las imágenes de la web de la Santa Iglesia Catedral Primada: (https://bit.ly/3JmN0xW). El muro o cerca exterior está ricamente decorado. Al interior, el coro tallado en madera consta de dos partes, el cuerpo bajo en estilo gótico tardío realizado por Rodrigo Alemán entre 1489 y 1495, y el coro alto, obra renacentista de Felipe Bigarny y Alonso Berruguete. La sillería baja estaba destinada en las catedrales a los beneficiados y cantores y la sillería alta, cubierta con doseles, es donde se situaban los asientos superiores dedicados a los canónigos.

Realizada en madera tallada, la sillería alta representa a personajes de la Biblia y en el cuerpo inferior se muestran en los respaldos, una serie de escenas que narran la guerra de Granada. Bajo cada asiento se aprecian las misericordias, que constan de una representación figurativa de tipo profano como se puede apreciar en nuestras imágenes. Su finalidad era didáctica y moralizante representando los pecados capitales y las faltas y virtudes cotidianas, como bien ha estudiado Isabel Mateo Gómez (https://bit.ly/3O89u9B) y otros autores como Dorothee Heim (https://bit.ly/3v8zb1j), que podéis consultar para profundizar más en el conocimiento de esta espléndida sillería.

UN «BOLETÍN DE INFORMACIÓN» ALEMÁN DE 1941

Hoy os presentamos una de esas sorpresas que de vez en cuando todavía depara nuestro archivo. Esta se la debemos al historiador Francisco García Martín, habitual de la casa y al que agradecemos el aviso. En realidad, él estaba revisando los expedientes de depuración de funcionarios de Correos, una de las series documentales menos conocida pero más interesante de nuestro Archivo. Como ocurre muchas veces, muchos de estos documentos se habían escrito reaprovechando el dorso en blanco de otros más antiguos, una práctica muy habitual en todos los tiempos, especialmente en tiempos de escasez de papel como era la posguerra española. Por lo general, se reutilizaban formularios y borradores, pero entre ellos Francisco observó algunos que parecían ser diferentes y nos lo comunicó enseguida. Nosotros revisamos la serie completa y el resultado han sido once fragmentos de lo que parecen ser informes redactados por la Embajada de Alemania en España en plena II guerra mundial.

Cabecera del "Boletín de información" de la Embajada alemana en Madrid de septiembre de 1941.
Cabecera del Boletín

Se trata siempre de fragmentos. La hoja de papel original, como veis, fue partida en dos para su reutilización. Naturalmente, hemos intentado encajar unos fragmentos con otros para ver si conseguíamos reconstruir el original, pero no hemos lo conseguido y solo tenemos estos trozos aparentemente desconectados entre sí. Aun así, resultan ser muy interesantes y todo un ejemplo de lo que hoy conocemos como “desinformación” en un contexto de guerra, algo que, desgraciadamente, nos resulta muy familiar. Solo en uno de estos fragmentos encontramos una cabecera que nos indica que se trata de un “Boletín de información” fechado en septiembre de 1941 o fechas próximas, destinado a su difusión entre “autoridades”. Por lo que hemos averiguado, este boletín solo se publicó durante algunos años de la guerra y hoy solo dos bibliotecas en España tienen algunos ejemplares: la Universidad de Sevilla, que los tiene de 1943, y el Instituto Geográfico Nacional, que parece tenerlos de 1941 y 1942, aunque en este último caso no hemos podido confirmarlo.

Además del fragmento con el título y la fecha, nos ha llamado la atención, por razones obvias, otro en el que menciona directamente a Ucrania y a Finlandia. Los textos hablan por sí solos, aunque no debe olvidarse que, además de estar mutilados, no dejan de ser instrumentos de propaganda. Otro de los fragmentos trata de “La vida religiosa en Polonia”, en un tono ciertamente idílico.

Como es lógico, el Reino Unido es objeto de muchos de los ataques que aparecen en estos textos. Varios insisten en las supuestas quejas o reproches que provienen de sus propios aliados, como la Francia no ocupada, o de países neutrales como (todavía) Estados Unidos o Irlanda.

Un par de fragmentos se ocupan de ensalzar los logros económicos tanto en la propia Alemania como en la Noruega ocupada. Y, en fin, no faltan las notas culturales, en este caso sobre cursos para extranjeros en la Universidad de Gotinga y la publicación de la biografía de Carlos V del historiador Karl Brandi. En resumen, a pesar de ser solo textos mutilados, son suficientemente expresivos de la importancia de la propaganda política en un entorno de guerra.

EL MACERO, EL VICESCOLÁSTICO Y EL MAESTRESCUELA

Nombramiento de macero de la Universidad de toledo
Nombramiento de macero de la Universidad de Toledo

Fijaos en este documento. Podéis verlo físicamente en nuestra exposición sobre “500 años de enseñanza superior en Toledo”. Se trata del nombramiento como macero de la Universidad de Martín de la Cerca, que hasta entonces era portero de la institución. Está fechado el 8 de febrero de 1791 y lo firma Francisco Ramón Navalmoral, Secretario de la institución en nombre del Maestrescuela. Observad que, pese a todos los elementos que garantizan su autenticidad —las firmas, el sello y hasta el resumen al final—, hay tachaduras y rectificaciones. Es probable que la versión definitiva, en limpio, se entregase al interesado, mientras que la universidad se quedó con esta, algo menos aseada pero suficiente a efectos jurídicos y de archivo. Digamos que el macero era un subalterno encargado de acompañar a las autoridades en determinados actos solemnes mientras llevaba al hombro una maza. Hoy aún permanece esta figura en algunas ceremonias universitarias y municipales.

No podemos decir que nos hayan llegado todos los nombramientos de los diferentes oficiales y empleados de la Universidad de Toledo, pero sí algunos. Por ejemplo, aquí tenemos el nombramiento como escribano de la institución de Atanasio García, en febrero de 1794, y seguidamente su ascenso a Secretario en agosto del año siguiente. El Secretario era el auténtico dueño y señor del funcionamiento interno de la universidad y todavía hoy sigue desempeñando importantes funciones. Estos documentos nos proporcionan alguna información adicional, como que García es notario de profesión. Y, en efecto, conservamos en nuestro Archivo la serie de sus protocolos notariales entre 1792 y 1824. Observemos que ambos nombramientos los firma directamente el Maestrescuela con el refrendo del escribano. El Maestrescuela es una dignidad del cabildo catedral —es decir, un canónigo de la Catedral— que originariamente se encargaba de la formación de los niños y jóvenes encomendados a esa institución. Precisamente fue un Maestrescuela el fundador de la Universidad de Toledo y, desde entonces, este cargo eclesiástico es siempre su máxima autoridad. Entre otras cosas, como vemos, es el que nombra a los empleados más importantes.

Sello de la Universidad de Toledo
Sello de la Universidad de Toledo

En todos los documentos que os presentamos hoy encontramos el sello de placa de la Universidad perfectamente conservado. Vemos aquí, ampliado, el que aparece en el nombramiento de Manuel Peces como Vicescolástico. Este cargo teóricamente era solo el sustituto del Maestrescuela —también llamado “Canciller” o “Cancelario”—, pero en la práctica era el auténtico gobernante de la institución. Lo que más destaca en el escudo es la rueda de Santa Catalina, en recuerdo de la patrona del Colegio que dio origen a la universidad y que prácticamente se confundió con ella durante mucho tiempo; de hecho, en la orla del escudo puede leerse “Sigilii Collegii Sancte Catherine Civitate Toletane”, es decir, “Sello del colegio de Santa Catalina en la Ciudad de Toledo”. El resto del escudo lo forman sendas cruces de Calatrava y, en la parte superior, cuatro barras horizontales pareadas, todo ello recuerdo de las armas familiares del fundador.

EL TESTAMENTO DE CRISTÓBAL CERNÚSCULO

Los Cernúsculo son una familia de comerciantes italianos que se establecieron en Toledo hacia el primer tercio del siglo XVI procedentes de Huéscar (Granada), a donde llegaron de su Lombardía natal a principios de siglo. Ya había salido este apellido en otro post de hace algún tiempo, pero hoy os hablamos de ellos a cuenta de un documento dedicado a ellos. Hemos obtenido datos adicionales de este artículo de Julián Martín y Antonio Camacho, donde podéis encontrar una buena síntesis de la historia de esta familia en nuestra ciudad.

El documento aparece descrito desde hace muchos años como “testamento de Cristóbal Cernúsculo” y, efectivamente, contiene una copia de este testamento, autenticada con el signo del notario, además de otro documento referente a la misma familia pero del que no nos vamos a ocupar ahora. En cuanto a nuestro testamento, como siempre, no haremos un análisis detallado, sino que solo nos fijaremos en algunos detalles.

Descripción de las condiciones en que Cristóbal Cernúsculo otorgó su testamento
Descripción de las condiciones en que Cristóbal Cernúsculo otorgó su testamento.

Así, lo primero que resulta curioso son las circunstancias en que se realizó, En efecto, resulta que el 10 de diciembre de 1556 se reunieron en las casas del propio Cristóbal en la collación de San Nicolás, en una cámara de la planta alta, el notario Juan Sánchez de Canales, el alcalde ordinario de la ciudad y tres testigos, todos alrededor del interesado, que estaba “acostado en una cama en una pieza en alto de las dichas casas, enfermo que dijo estar de dolencia e mal que Dios Nuestro Señor fue servido de le dar, pero en su buen juicio y entendimiento natural”. En estas condiciones entrega al alcalde su testamento “cosido con hilo blanco y sellado con un sello imprimido en cera colorada”. Tras la muerte de Cristóbal (desgraciadamente, nos falta el principio del documento, así que no sabemos cuándo exactamente) su sobrino Lorenzo Cernúsculo pide que se abra el testamento, cosa que se hace en presencia de los tres testigos, que corroboran que se trata del mismo que ellos vieron otorgar. El notario, que ahora es Juan Sotelo, declara que al abrirlo se encontró el documento “escrito en seis hojas de papel, que al fin de ellas y al fin de cada plana va firmado de su nombre”.

Cristóbal cernúsculo manifiesta haber nacido en Monza, cerca de Milán.
Cristóbal Cernúsculo manifiesta haber nacido en Monza, cerca de Milán.

En fin, el testamento propiamente dicho sigue los cánones habituales, lo que, de paso, nos aporta algunos datos interesantes. Cristóbal Cernúsculo había nacido “en la dicha villa de Monza, donde yo soy natural, que está cerca de Milán, en Lombardía”, y que allí están enterrados sus padres. Por su parte, pide ser enterrado en la iglesia de San Nicolás de Toledo, junto a su hermano Bernardino y, además, nombra a otra hermana, Catalina, monja en Milán. También nombra a su difunta esposa, María de Mesa, con la que tuvo una hija legítima llamada Julia, de nueve años de edad. Pero además menciona repetidamente a sus dos hijos naturales, Juan Francisco y Clara, ambos avecindados en Toledo. En cuanto a sus bienes, la mayor parte es dinero y participaciones de la empresa que tenía a medias con su citado hermano Bernardino, además de su casa y un majuelo en la Huerta del Rey. En otras palabras: mucho dinero y pocos bienes raíces. Por último llama la atención la gran cantidad de mandas que dedica a la protección de huérfanas en Milán.