INGENIERÍA FINANCIERA Y DOCUMENTOS DE LUJO

Hace poco os presentamos unos documentos que el Estado compró para nosotros en 1985, y ahora ofrecemos otros dos, comprados en 1996. Se trata esta vez de sendas confirmaciones de privilegios en favor de Juan de Silva, I marqués de Montemayor, y que consistían en la suculenta suma de 35.000 maravedíes sobre las alcabalas de Toledo y de Villaseca de la Sagra.

Antes de seguir, aclaremos que se trata de dos documentos de lujo. Lo vemos en que conservan los restos del vínculo del que pendían sus sellos, y también en sus espléndidas iniciales miniadas, tanto al principio de ambos documentos como incluso en su interior, marcando el inicio de los documentos copiados.

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Pero, además de disfrutar de la imaginación de los copistas del Renacimiento, merece la pena detenerse en la información que nos proporcionan estos documentos. Detrás de su esmerada letra y de su cuidadosa escritura encontramos todo un ejemplo de ingeniería financiera de hace quinientos años. Hoy en día estamos habituados a que el Estado mantenga una “caja única” donde se concentren todos los ingresos, por un lado, y de donde salgan todos los gastos, por otro. Pero este sistema contable no se generalizó hasta el siglo XIX. Durante la Edad Media y el Antiguo Régimen cada ingreso estaba gravado por determinados gastos “situados” sobre él. Así, de las “alcabalas” (un impuesto sobre el consumo muy similar a nuestro IVA) que se producían en Villaseca de la Sagra debían extraerse determinados gastos, por ejemplo el pago de la renta que los reyes concedieron al marqués de Montemayor. Cada vez que cumplía el plazo estipulado, generalmente tres veces al año, los representantes del marqués se presentaban en Villaseca y, esgrimiendo sus documentos, exigían el cobro del dinero convenido. Lo mismo ocurría con todas y cada una de las rentas teóricamente debidas al rey, y con todos y cada uno de los gastos que, también teóricamente, el rey pagaba. Como puede suponerse, este sistema se prestaba a todo tipo de fraudes, abusos o simples errores y hacía prácticamente imposible saber cuánto dinero tenía el Estado.

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Los derechos sobre las rentas eran propiedad del beneficiario que, con determinadas condiciones, podía comprarlos, venderlos, heredarlos o repartirlos. Nuestros documentos nos informan de los orígenes y los avatares por los que pasaron estas rentas: una parte procede de la concesión hecha en 1440 al abuelo del marqués, llamado también Juan de Silva, y otra parte de las realizadas a Álvar Gómez de Ciudad Real “El Viejo” en 1462, después entregadas por los Reyes Católicos a Juan de Ribera, hijo del primer Juan de Silva y padre del marqués. Por cierto que, entre medias, las rentas las disfrutó brevemente Gutierre de Cárdenas, comendador mayor de León y marido de Teresa Enríquez, “La loca del Sacramento”, de la que tratamos hace poco.

Además de todo este galimatías de poseedores, cada vez que cambiaba el rey era necesario confirmar estas rentas. Precisamente uno de nuestros dos documentos, fechado el 15 de junio de 1508, es confirmación del otro, fechado el 28 de febrero de 1506; el motivo de la confirmación es la muerte del rey Felipe “El Hermoso”. Y cada confirmación incluye la copia literal de lo confirmado.

Para terminar de complicar la cosa, digamos que los 35.000 maravedíes de renta se dividen en 6.000 mrs. sobre las alcabalas de Villaseca y el resto sobre las de Toledo, pero de estas últimas se especifica sobre qué productos concretos y qué cantidad debería extraerse en cada caso. Así, se mencionan la fruta, los “cueros vacunos”, el aceite, el pescado, la madera, la especiería y “bohonería” y la carne.

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EL ENTIERRO DEL SEÑOR DE ORGAZ

Hoy os vamos a presentar algunos de los documentos más conocidos de nuestro archivo, pero no por ello menos interesantes, y que hasta ahora no habíamos reseñado aquí. Ambos, se refieren a “El entierro del señor de Orgaz”, una de las obras cumbres de la pintura universal y atractivo turístico de primer orden de la ciudad de Toledo. Y ambos firmados por El Greco y por sus clientes.

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En primer lugar, el contrato entre El Greco y la parroquia de Santo Tomé, representada por el párroco Andrés Núñez de Madrid y el mayordomo Juan López de la Cuadra, para la realización de la obra, formalizado ante el notario Juan Sánchez de Canales el 18 de marzo de 1586. Este documento ya fue publicado en 1910 por Francisco de Borja San Román, que luego sería primer director del AHPTO, y ha sido ampliamente utilizado desde entonces. Os ofrecemos su última página, con las firmas del pintor y del mayordomo, además del notario. El contrato no es demasiado largo, pero no nos resistimos a transcribir las frases que especifican el tema a pintar:

“…y en el lienzo se a de pintar una procesión de cómo el cura y los demás clérigos que estaban aciendo los oficios para enterrar a don Gonzalo Ruys de Toledo, señor de la villa de Orgaz, y bajaron santo Agustín y san Esteban a enterrar el cuerpo deste caballero, el uno tiniéndole de la cabeza y el otro de los pies, echándole en la sepoltura, y fingiendo alrededor mucha gente que estaba mirando. Y encima de todo esto se a de hacer un cielo abierto de gloria…”

Con estas indicaciones, el genial artista realizó la maravilla que todavía hoy puede contemplarse en la misma iglesia para la que fue concebida, aunque un poco desplazada respecto de su ubicación original.

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Aunque, efectivamente, el cuadro nunca salió de su templo, ha pasado por diversas vicisitudes, que también han sido comentadas con profusión. Entre ellas, el pleito entre el pintor y la parroquia a cuenta del precio de la obra. Como era costumbre, en el contrato no se estipula el precio final, sino que se encomienda a una tasación posterior. Otro documento de nuestro archivo, fechado el 20 de junio de 1588 y también editado por San Román, nos cuenta que, llegado el momento, los también pintores Luis de Velasco y Hernando de Nunciva lo tasaron en la respetable cantidad de 1.200 ducados. El párroco protestó y pidió una segunda opinión. Los nuevos tasadores fueron Hernando de Ávila y Blas de Prado, que aumentaron el valor hasta los 1.600 ducados. Naturalmente, Dominico insistió en cobrar esta última cantidad pero, finalmente, el Consejo Arzobispal falló que se le pagasen los 1.200 iniciales. Este segundo documento es el acuerdo al respecto entre ambas partes, que incluía generosos plazos  y algunos pagos en especie, además del compromiso del propio párroco de pagar parte de la deuda de su propio bolsillo, sin duda por la mala situación económica de la iglesia. Al final, firman de nuevo el pintor, el mayordomo y ahora también Andrés Núñez. Hay que decir que, según todos los indicios, El Greco y el cura mantuvieron, a pesar de todo, una buena relación durante toda su vida.

DISCIPLINANTES EN CARRANQUE

En 1985 el Ministerio de Cultura compró un conjunto de documentos para el AHPTO. Eran otros tiempos. Los documentos ingresaron en nuestro centro a finales de febrero del mismo año, sin que hayamos podido averiguar más detalles; de hecho, aunque parezca sorprendente, ni siquiera se realizó acta de entrega. La mayor parte de la documentación parecía tener su origen en la parroquia de Santa María Magdalena de Carranque, aunque también se incluyeron otros documentos de los que iremos hablando en su momento.

Con estos documentos se ha configurado un fondo específico, de modestas dimensiones (dos cajas y un libro) pero de gran importancia para la historia de la zona. En efecto, según los datos del Censo Guía, en el archivo parroquial no se conserva ningún documento anterior al siglo XX, y en el archivo municipal apenas un siglo antes. Pero nuestro fondo está fechado entre 1562 y 1847, de manera que se trata, hasta donde sabemos, de los documentos más antiguos de esta localidad de la Sagra. Abundan, sobre todo, los censos y las fundaciones de memorias de misas, pero pueden destacarse un voluminoso libro de difuntos de los siglos XVIII y XIX y unas actas del concejo de mediados del siglo XVII, además de dos ordenanzas de cofradías.

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Hoy nos vamos a fijar en una de estas ordenanzas, las correspondientes a la cofradía de la Vera Cruz, que parece ser la más antigua del lugar. Se redactaron en el momento de instituirse la hermandad, en 1562, pero nosotros las conservamos en una copia notarial de 1735. Las ordenanzas regulan la forma de gobierno de la hermandad (muy sencilla, con dos hermanos mayores elegidos por todos los hermanos, y dos diputados elegidos por los hermanos mayores), estipulan también brevemente el empleo del dinero y algunas cuestiones sobre el ingreso de nuevos hermanos, entre las que nos ha llamado la atención la obligación de los hermanos que se casen de integrar en la hermandad a sus mujeres.

 

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Pero, sobre todo, las ordenanzas regulan con detalle las actividades propias de la cofradía: por un lado los actos de solidaridad mutua, como los enterramientos y las limosnas, y por otro los actos de culto, como la “misa del santísimo Sacramento” el día del Corpus Christi, la procesión de la Santa Cruz el 3 de mayo y la procesión de la madrugada del Jueves al Viernes Santo. Esta última, como era habitual en la época, implicaba ir “disciplinándose con una disciplina de plata”, descalzos o calzados con alpargatas, encargándose los hermanos mayores de tener preparado “vino blanco cocido con laurel y romero para lavar los hermanos, y sus polvos y papel, como es costumbre”. En otras palabras: se trataba de azotarse en recuerdo de la pasión de Cristo, y al final de la procesión se les aplicaban estos remedios para curar sus heridas. Eso sí, se preveía que “los hermanos que fuesen de edad para no poderse disciplinar”, así como los clérigos y los hidalgos, pudiesen sustituir la flagelación por “sendas hachas de cera o cirios encendidos alumbrando a los hermanos en la dicha procesión, a su costa”.

Estas manifestaciones públicas de fe, de origen medieval, se han mantenido en todo el mundo durante siglos, aunque progresivamente se han ido sustituyendo por procesiones y penitencias menos impactantes. Sin embargo, todavía se conservan el algunos lugares, como en el municipio riojano de San Vicente de la Sonsierra, lo que nos permite hacernos una idea de cómo serían estos actos en el pasado.

EL DESLINDE DE AZUTÁN

Hace algunos meses os presentamos un privilegio rodado por el que Alfonso VIII otorgaba determinados bienes al monasterio de San Clemente de Toledo, entre ellos, aunque sin nombrarlo, la localidad de Azután. Esta donación, como era de esperar, originó abundantes roces entre el monasterio y el cercano concejo de Talavera. El documento que os presentamos hoy lo deja bien claro: “que vos [el concejo de Talavera] querellades que se entra el abadesa [de San Clemente] lo vuestro, y otrosí que se querella el abadesa que vos entrades lo só”. Se pretende solucionar el asunto deslindando con precisión los límites entre el término de Azután, propiedad del monasterio, y el de Talavera, con el arbitraje del “alcalde del rey” en Toledo. El acuerdo está fechado en abril de la “era” de 1282, que equivale a nuestro año 1244, reinando Alfonso X el Sabio.

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Más que sobre el fondo del asunto, nos gustaría llamar la atención sobre algunos aspectos interesantes del propio documento. Lo más llamativo, sin duda, son los hilos de colores o “vínculos” que aparecen en la parte inferior. Servían para sujetar los sellos de cera que daban autenticidad al documento, junto con las firmas. Se trataba, sin duda, de los sellos del concejo de Talavera, del convento de San Clemente y del concejo de Toledo. Fijaos en que estos vínculos están unidos al documento mediante tres agujeros, un sistema habitualmente utilizado para sellos de plomo, que estaban reservados al rey o al papa; puede ser un simple detalle casual o quizá una forma discreta de mostrar poder por parte de alguno de los actores, o de todos ellos. Este detalle nos lo ha señalado la profesora Ana Belén Sánchez Prieto, de la Universidad Complutense, a quien se lo agradecemos. En todo caso, alguien cortó meticulosamente los sellos, que hoy están perdidos.

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Otro elemento interesante, aunque mucho menos visible, es el documento inserto. En efecto, dentro del documento se copia literalmente otro anterior que el rey Fernando III había enviado al concejo de Talavera, ordenando que el alcalde del rey en Toledo don Servant arbitrase el pleito en cuestión, junto con dos “hombres buenos” toledanos, otros dos talaveranos y otros dos nombrados por la abadesa del monasterio. Gracias a esta costumbre de copiar documentos hemos podido conocer textos que, de otro modo, se hubieran perdido para siempre, como este caso. En la imagen hemos señalado el documento copiado.

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Y, por supuesto, están las firmas en escritura árabe. Desgraciadamente, nuestros conocimientos de esta lengua son nulos, pero parece claro que se trata de la firma de algunos de estos “hombres buenos” que asesoran y representan a las partes en conflicto, y que conocen el terreno; del hecho, al otro lado firma, con mucha dificultad, uno de estos asesores, un tal “Johannes Stefanus”. Pero ninguno de los nombres que aparecen en el texto es un nombre árabe, por lo que la escritura en esta grafía quizá pudiera tratarse de aljamiado, es decir, palabras latinas escritas con caracteres árabes. Sea como fuere, es evidente que, dos siglos después de la conquista cristiana, la herencia musulmana todavía tiene mucho peso en esta zona, como indica, además de las firmas, que el lugar en disputa es denominado “Daralçotán”. Por cierto, que al hacer el deslinde se mencionan otros lugares, algunos fácilmente identificables, como “Alcolea en Tajo” o “Nava del Moral”, y otros no tanto, como el castillo del Berrueco del Lobo o el puente de “Ravia” o “Rania”. Como siempre, cualquier sugerencia sobre las firmas, los lugares o cualquier otra cosa será bienvenida.

GRAN HOTEL

La ciudad de Toledo siempre ha atraído visitantes de todas partes, pero el fenómeno del turismo de masas se inicia a partir de mediados del siglo pasado. Desde entonces, una de las constantes en el caso toledano es la sensación de que “hoy en día la visita casi se reduce al recorrido durante unas horas de cuatro museos y otros tantos monumentos. La falta de un buen hotel de turismo hace que a pesar del interés en quedarse unos días manifestado por muchos visitantes […] se tengan que volver sin satisfacer sus deseos…”. Las palabras entrecomilladas no corresponden a ningún artículo de la prensa local actual, sino que forman parte de la memoria del proyecto de “Gran Hotel” que el arquitecto Luis de Villanueva presentó al Gobernador Civil en marzo de 1951.

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El proyecto consiste en la construcción de “un hotel moderno de turismo internacional” en el antiguo convento de San Gil, que en ese momento había dejado de servir como cárcel provincial. Además de la interesante memoria, encontramos unos primorosos planos, de los cuales os ofrecemos el alzado. Las 49 habitaciones son todas exteriores y destaca la entrada, realizada desde el paseo del Tránsito a través de unos jardines para aprovechar al máximo las espectaculares vistas del lugar.

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Se añade al proyecto un pequeño reportaje con tres fotografías del entorno que, hasta donde hemos podido averiguar, permanecen inéditas. Dos de ellas insisten precisamente en el paisaje del que se puede disfrutar desde el proyectado hotel, y la tercera  es una imagen del conjunto de exconvento. Evidentemente, no se trata de un proyecto desarrollado, sino solo de una propuesta sometida a la consideración de las autoridades del momento.

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El caso es que, por muy atractivo que fuese, el hotel no llegó a construirse. En su lugar, se instaló allí el cuartel de la Guardia Civil. Curiosamente, cuando la Benemérita también se trasladó en 1968 se retomó el proyecto hotelero, como sugieren algunos documentos incluidos en el mismo expediente, si bien esta vez parece que no pasó de las mediciones preliminares. Pero de nuevo las prosaicas necesidades urbanas se impusieron a la poesía del lugar y el edificio acabó convertido en cuartel de bomberos. Después de diversos avatares, desde 1985 es sede de las Cortes de Castilla-La Mancha.

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Luis de Villanueva Echeverría (1907-1978) fue uno de los más reputados arquitectos españoles del siglo XX. Fue responsable de la restauración de muchos monumentos toledanos después de la guerra civil, y también realizó abundantes edificios notables tanto privados como públicos, sobre todo en Toledo y en Madrid. Podéis conocer más detalles de su trayectoria profesional aquí, y no debe confundirse con su hijo, el también renombrado arquitecto Luis de Villanueva Domínguez.

TIRSO EN TOLEDO

Fray Gabriel Téllez fue un fraile mercedario español que ha pasado a la posteridad por su faceta de autor teatral bajo el seudónimo de Tirso de Molina. Nació en Madrid en 1579 y estudió en la Universidad de Alcalá, donde coincidió con Lope de Vega, al que rindió declarada admiración toda su vida. En 1600 ingresa en la Orden de la Merced y seis años después es ordenado sacerdote en Toledo. Aquí se instaló en el convento de su orden, situado en el lugar donde hoy se alza el palacio de la Diputación Provincial, y aquí permanecería hasta 1616, con algunos largos viajes intercalados en su estancia toledana.

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De su estancia en Toledo nos ha quedado su firma en un documento de febrero de 1615, autenticado por el notario Pedro de Galdo. En él, la comunidad de frailes mercedarios concede la propiedad y patronazgo de la capilla de Nuestra Señora de las Mercedes del convento toledano a Nicolás Suárez, Pedro Suárez y Pedro Ortiz. Como era costumbre, firman todos los miembros de la comunidad religiosa, y entre ellos, naturalmente, también nuestro autor.

Toda la vida adulta de Tirso es una lucha por mantener sus dos grandes vocaciones, la religiosa y la literaria, sobre todo teniendo en cuenta que nuestro autor se especializó en comedias de enredo y “de capa y espada”. Quizá las más conocidas sean “Don Gil de las Calzas Verdes” y “El vergonzoso en Palacio”, aunque también cultivó el teatro religioso, con algunas vidas de santos y autos sacramentales, y obras en prosa. Pero muchas personas de su tiempo consideraban que esta actividad literaria, sobre todo la “profana”, no cuadraba con los hábitos mercedarios. Por eso, en 1625 el mismísimo y todopoderoso Conde-Duque de Olivares ordenó su destierro, aunque resultó un destierro breve, de apenas un año. Después de vivir en lugares tan diversos como Santo Domingo, Madrid, Sevilla o Trujillo, Tirso volvió a Toledo en 1629 y permaneció aquí cuatro años antes de marchar a Cataluña. Tras diversos avatares y traslados, murió en Almazán en 1648. El retrato que os ofrecemos es un grabado del siglo XIX, obra de Bartolomé Maura, y se encuentra en la Biblioteca Nacional de España.

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Toledo aparece en varias obras de Tirso, incluso en el título. Así, en las comedias “La villana de la Sagra” y “De Toledo a Madrid”, pero sobre todo en su obra en prosa “Los cigarrales de Toledo”. Se suele destacar también “El burlador de Sevilla”, considerada una de las primeras manifestaciones literarias del mito de Don Juan Tenorio y que habría sido compuesta, al menos en gran parte, durante la primera estancia de Tirso en Toledo. No obstante, hay autores que consideran errónea su atribución a Tirso.

LA SISLA, MONASTERIO Y PALACIO

Esta semana, gracias al investigador Francisco José Rodríguez de Gaspar —al que le agradecemos la indicación—, hemos podido identificar algunas fotos del palacio de la Sisla, cerca de Toledo, que no teníamos correctamente ubicadas. Lo que aparecía descrito como “casa particular” ahora sabemos que corresponde al palacio que levantó a principios del siglo XX Consuelo Cubas, condesa de Arcentales. Se conocían ya varias fotografías de este palacio, realizadas en sus primeros años, que reflejan su magnificencia un tanto exagerada; podéis verlas en el siempre estupendo blog “Toledo Olvidado”. Las que os ofrecemos ahora nos muestran un mobiliario mucho más austero, lo que nos hace suponer que se tomaron después de la guerra civil. En efecto, durante la contienda el edificio sufrió mucho debido a los saqueos y a encontrarse en pleno frente, y parece que sus propietarios posteriores se limitaron a utilizarlo como residencia ocasional.

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Pero el lugar tiene mucha historia detrás. A mediados del siglo XII se cita una ermita de Santa María de la Cisla al sureste de Toledo, y a finales del mismo siglo ya aparece dependiente jurídicamente de la parroquia de Santa Leocadia. En 1384 la naciente orden jerónima recibe el lugar y empieza a construir en él un monasterio que prosperó con rapidez. Quizá los siglos XV y XVI fueron su época de mayor esplendor, como testimonian las tablas del “Maestro de la Sisla”, realizadas para este monasterio y que hoy se conservan en el Museo del Prado. Aquí profesaron Hernando de Talavera, que fue confesor de Isabel la Católica y arzobispo de Granada, y Diego de Yepes, confesor de Santa Teresa de Jesús y de Felipe II. Incluso en sus muros se firmó el acuerdo de paz definitivo entre los comuneros toledanos y las tropas imperiales en 1521. Más modestamente, en el AHPTO conservamos una relación de tierras y propiedades que atestiguan el poder económico de la comunidad en ese momento.

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El siglo XIX fue el de la decadencia del monasterio.  Un incendio en 1802, los estragos de la guerra de la Independencia y dos desamortizaciones, en 1820 y 1835 —esta última definitiva— significaron la ruina del edificio, que acabó demolido. Aquí os ofrecemos la portadilla del expediente de venta de parte de las tierras que pertenecieron al monasterio extinguido.

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Tras pasar por varios propietarios, el solar y los restos edilicios llegaron a la mencionada condesa de Arcentales, quien levantó un palacio de capricho del que se solían destacar las rejas de Julio pascual y los jardines diseñados por Cecilio Rodríguez. Esta segunda época dorada del edificio terminó con la guerra civil, como hemos señalado. Durante el período franquista debió utilizarse como simple casa de campo y en 1975 fue expropiado para ampliar los terrenos de la Academia de Infantería. Pero, antes de hacerse efectiva la expropiación, su propietario decidió volar los edificios que quedaban, al parecer para mostrar su desacuerdo con la indemnización que iba a recibir. Y así han quedado hasta hoy.

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Aunque la zona es de acceso restringido, podemos ver su estado actual gracias al estupendo reportaje fotográfico que hizo hace pocos años el fotógrafo David Utrilla.

LA ODISEA DE LOS SEFARDITAS EN TOLEDO EN 1943

Uno de los asuntos que ha atraído la atención social en relación con la historia del régimen de Franco ha sido su actitud para con los judíos que huían de la persecución nazi durante la II guerra mundial. Los debates al respecto son apasionados y la bibliografía muy extensa. Podríamos concluir que la actitud del régimen fue cuando menos ambigua, entre la tolerancia con los judíos “españoles” —es decir, sefardíes—, y la colaboración con las potencias del Eje. Eso sí, hubo funcionarios que ignoraban o incluso desobedecían las órdenes oficiales para ayudar a los judíos que huían del horror, sobre todo en el ámbito diplomático; los más conocidos son Ángel Sanz en Budapest y Julio Palencia en Sofía. Pero, con todo, el régimen franquista no admitió que estos sefardíes se instalaran en España, salvo en sus posesiones del norte de África, sino que solo les permitió el paso con otros destinos.

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Este es el caso del grupo que pasó por Toledo en la segunda mitad de 1943, y cuyas andanzas fueron reseñadas en una publicación francesa hace algunos años. El 14 de agosto el Jefe de Fronteras del Norte de España comunica al Gobernador Civil de Toledo que “nueve sefarditas procedentes de París” han pasado la frontera de Irún y han sido dirigidos a Toledo; dos días después el gobernador transmite la información al Comisario Jefe de Policía de la ciudad. Un telefonema nos informa de que solo se habían presentado cuatro pasaportes, a los que quizá unos días después se añadió uno más según una nota manuscrita. En todo caso, el 19 de agosto se añade al grupo otro refugiado, Camille Fort, con la intención de reunirse con sus familiares; esta vez procedía de Barcelona, a donde había llegado de forma ilegal, pero de esta persona no volvemos a tener noticias.

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Durante las semanas que permanecieron en Toledo, los refugiados vivieron “confinados” en dos casas de la calle Escalerillas de la Magdalena, hoy Trastámara. Durante ese tiempo dos de ellos salieron hacia Barcelona: Azarías Chiprut Behar, de 71 años y natural de Turquía, quien marchó el 7 de septiembre para reunirse con su hijo enfermo; y Edith Maria Esther Mahamías, quien fue a reunirse con su esposo el 11 de noviembre.

 

El 14 de septiembre el Ministerio de Asuntos Exteriores autoriza a un representante de la “Delegación de Asociaciones Americanas” a que realice gestiones para aclarar el destino de este pequeño grupo de refugiados. El 1 de diciembre se ordena que sean trasladados a Málaga “al objeto embarcar para su nueva residencia”. Pero solo se menciona a ocho refugiados, a los que el Comisario de Policía advierte que hay que restar los dos que ya se trasladaron a Barcelona, es decir, seis en total. Las cuentas no salen porque, aun suponiendo que Camille Fort no fuese sefardí, deberían ser siete personas. En todo caso, estos seis judíos, acompañados de dos policías toledanos, se presentaron en la Comisaría de Málaga el 7 de diciembre de 1943 para embarcarse rumbo a Casablanca, donde se establecieron hasta hoy. Solo nos queda reseñar aquí sus nombres: Eliezer Carasso Hassid, Matilde Amariglio Salem, Alegra Carasso Amariglia, Dora Miranda Benosiglio, Yaime Yessna Miranda y Susana Yessna Miranda. Los documentos indican que casi todos son de origen griego y con edades entre los 15 años de Yaime Yessua —que además es el único de origen francés—y los 63 de Eliezer Carasso.

LA POLICÍA RECUPERA TRES EXPEDIENTES PARA EL AHPTO

Esta vez nos queremos hacer eco aquí de una noticia que nos afecta especialmente: la recuperación de tres expedientes que iban a ser subastados por internet.

El origen de esta operación está en la denuncia realizada por el director del AHPTO, quien había sido avisado por un compañero de que en una conocida página web de subastas por internet se estaban anunciando estos expedientes. Una vez comprobado que, efectivamente, parecían ser documentos procedentes de la Audiencia Provincial, se realizó la correspondiente denuncia. Además, se avisó a la archivera del Tribunal Superior de Justicia de Castilla-La Mancha, quien lo puso en conocimiento de la Fiscalía. Apenas una semana después, la Brigada de la Policía Judicial de Toledo  había recuperado los documentos y los habían entregado al Archivo. Al parecer, el subastador, que en todo momento colaboró con los agentes policiales, había adquirido los documentos en un mercadillo en la Comunidad de Madrid, junto con algunos otros objetos, con la intención de subastarlos con posterioridad.

Se trata de tres expedientes correspondientes a otros tantos procesos penales de la Audiencia Provincial de Toledo. El más antiguo, de 1930, trata de un choque de trenes en La Guardia y los otros dos, de 1947 y 1949, se refieren a delitos de estafa en Toledo y robo en Fuensalida, respectivamente. Todos ellos se encuentran completos y en buen estado de conservación.

Tres expedientes de la Audiencia Provincial de Toledo recuperados por la Policía

Recordemos que las audiencias provinciales se crearon en 1892 como tribunales de apelación exclusivamente para los procesos criminales, aunque también asumieron en algunos momentos determinados asuntos civiles, como los divorcios durante la II República. En 1968 incorporaron todos los pleitos civiles y, desde 1988, son tribunales de apelación para todas las materias. El fondo documental de la Audiencia Provincial de Toledo llegó al Archivo Histórico Provincial en noviembre de 2015 y se compone de más de 2.600 cajas y 45 libros que registran los procesos llevados a cabo en ese tribunal desde su creación hasta 1981.

GUADALUPE

Para muchos mexicanos y americanos en general, la Virgen de Guadalupe es parte de su identidad cultural. Se trata de una imagen anónima del siglo XVI, pintada sobre tela, que representa a la Virgen María, glorificada y con evidentes rasgos indígenas. Según la tradición, la imagen apareció de forma milagrosa en el “ayate” —tela para transportar aperos— del indio Juan Diego Cuauhtlatoatzin, después de que la Virgen se le apareciera en varias ocasiones en 1531. Juan Diego murió en olor de santidad, aunque su canonización oficial no llegaría hasta 2002. Las apariciones tuvieron lugar en el cerro del Tepeyac, al norte de la actual Ciudad de México, y allí se construyó un santuario que hoy es uno de los lugares de peregrinación más importantes de la Iglesia Católica, que ha declarado a la imagen patrona de México y de toda América Latina.

Según el relato tradicional, el nombre de “Guadalupe” fue propuesto por la propia Virgen. En todo caso, procede de otro monasterio, el situado en la localidad del mismo nombre en la provincia de Cáceres, en España. Este monasterio y sus priores jugaron un papel decisivo en el impulso y la financiación de los viajes de Colón, motivo por el que el descubridor bautizó como “Guadalupe” a una de las primeras islas que encontró, y el nombre pronto se popularizó entre los primeros conquistadores. Si continuamos atendiendo a las tradiciones, el monasterio cacereño tuvo su origen en una ermita levantada hacia 1330 por un pastor en el lugar donde se le había aparecido la Virgen. El rey Alfonso XI tomó la ermita bajo su protección y la convirtió en un “priorato secular” bajo patronato real lo que, entre otras cosas, implicó la independencia de la puebla asociada al templo. En 1389 se convirtió en monasterio de la orden jerónima. Tras la desamortización del siglo XIX, el monasterio fue suprimido y convertido en simple parroquia hasta que en 1908 se le devolvió su categoría monástica, aunque ahora encomendada a la orden franciscana. En cuanto a la imagen está fechada en los años finales del siglo XII, y ha sido declarada patrona de Extremadura. El maravilloso conjunto monástico es patrimonio de la Humanidad desde 1993.

Bien, pues como muchos de vosotros sabéis, este monasterio extremeño está bajo la autoridad eclesiástica del arzobispo de Toledo. Hay que tener en cuenta que el territorio de este arzobispado se origina durante las conquistas cristianas de la Plena Edad Media y fue muchísimo más amplio que el actual, abarcando la práctica totalidad de las actuales provincias de Madrid y Ciudad Real e importantes enclaves en Jaén, Soria o Badajoz, entre otras. Desde el siglo XIX el actual arzobispado toledano fue perdiendo territorios y ajustándose a los límites de la actual provincia. El caso de Guadalupe queda todavía como resto de la situación anterior, pero su especial situación histórica y simbólica hace que su paso a la diócesis de Coria-Cáceres se haya convertido incluso en una cuestión de debate político.

Aquí os dejamos algunas fotografías de la localidad, procedentes del fondo fotográfico de la casa “Rodriguez”. No tienen fecha, pero pueden datarse en el primer tercio del siglo XX, y quizá se hicieron específicamente con vistas a su venta posterior, a modo de recuerdo para turistas o curiosos.