BIBLIOTECAS MUNICIPALES Y BIBLIOBUSES

Las bibliotecas públicas forman parte del paisaje cotidiano de nuestros pueblos y ciudades. Solo en la provincia de Toledo existen 148 bibliotecas públicas, para un total de 204 municipios. Aunque hay municipios con varias bibliotecas, está claro que la inmensa mayoría de toledanos tiene cerca una biblioteca pública. Incluso cuando no hay biblioteca propiamente dicha, el servicio de bibliobuses garantiza que cualquier ciudadano pueda acercarse a la lectura sin alejarse de su casa. Pero importa recordar que no siempre ha sido así.

De acuerdo con este artículo de Roberto Soto, suele considerarse a las famosas Misiones Pedagógicas impulsadas por la II República el antecedente remoto de los bibliobuses, al menos por su intención, aunque lo cierto es que el primer servicio regular no se inauguró hasta 1953 en Madrid, orientado hacia los barrios y localidades de su extrarradio. Sin embargo, las circunstancias políticas y también algunos errores de concepción hicieron que estos primeros y escasos servicios entrasen en decadencia en los años posteriores. En 1973 se decidió impulsarlos de nuevo, y esta vez la iniciativa correspondió a Toledo, donde debe reconocerse la labor de Julia Méndez, por entonces directora de su Biblioteca Provincial. Como vemos por este documento, ya al año siguiente la flota se amplió con dos nuevos vehículos, bendecidos por el cardenal Marcelo González. No sabemos si la mano arzobispal tuvo algo que ver, pero el caso es que esta vez el sistema funcionó.

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Pero, como decimos, la mayor parte de los municipios tienen su propia biblioteca, aunque en verdad esta presencia ubicua es muy reciente. La Estadística de Bibliotecas Públicas de Castilla-La Mancha informa de que en 1979 existían 18 bibliotecas en nuestra provincia, 10 de las cuales se habían creado a partir de 1960. Desgraciadamente, no detalla la ubicación de estas bibliotecas, pero podemos suponerlas situadas en las localidades más grandes, en especial Toledo y Talavera de la Reina. En diciembre de 1979 el entonces “entre preautonómico castellano-manchego” asumió las competencias en materia de gestión y coordinación bibliotecaria. No es casualidad que precisamente entonces empiecen a aparecer en nuestro archivo los expedientes de construcción de bibliotecas municipales, financiadas todavía por el Estado pero con el evidente impulso de la naciente “preautonomía”. Hasta se editaron folletos divulgadores, como este de la biblioteca de Consuegra, fechado en 1980, con una fotografía del mural que presidía su salón de actos. En estos folletos era habitual también incluir los planos del nuevo edificio, como vemos en el caso de Corral de Almaguer, de 1979.

El Estatuto de Autonomía de agosto de 1982 amplió estas competencias a la práctica totalidad de las bibliotecas de la región. A partir de ese momento sería ya la Junta de Castilla-La Mancha la que dirigiera y financiara la construcción de bibliotecas municipales. Gracias a ello entre 1980 y 1999 se crearon 104 nuevas bibliotecas en nuestra provincia: cinco veces más que en toda la historia anterior. Si añadimos que desde 2000 a 2012 se han puesto en marcha otras 26 bibliotecas, no podemos menos que reconocer la responsabilidad directa de la Comunidad Autónoma en la introducción de las bibliotecas como parte del paisaje habitual de nuestros pueblos y ciudades.

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LOS BIENES DEL CANÓNIGO CORDOBÉS

En la exposición sobre libros y bibliotecas que todavía podéis ver en nuestra Sala de Exposiciones se enseñan dos inventarios de bienes post mortem que incluyen referencias explícitas a libros. Uno de ellos es el conocido del Greco, pero el otro, mucho menos conocido, no es menos espectacular. Se trata del inventario de los bienes que dejó al morir el canónigo Antonio Cordobés o Cordovés.

Cordobés nació en Tembleque, de donde también era su padre, siendo su madre natural del cercano pueblo de El Romeral. Un hermano de su madre, Francisco García Vallobaso, obtuvo una canonjía de la Catedral en 1580 por colación del arzobispo Gaspar de Quiroga, cargo que, a su muerte, heredaría su sobrino. Sabemos que mientras tanto nuestro protagonista ya en 1582 era racionero de la Catedral, es decir, que recibía una “ración” a cambio de sus servicios en ella. Ese año fue nombrado “refitolero”, que era el recaudador de determinada porción de los diezmos eclesiásticos (el “refitol”), interviniendo en algunas delicadas operaciones de revisiones de cuentas de sus antecesores en este puesto. En 1589 y 1590 de nuevo fue encargado de determinadas cuestiones contables, y fue nombrado canónigo al año siguiente. Como vemos por nuestro documento, murió en 1603.

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El inventario en sí es imponente. Ocupa quince folios y está escrito por dos manos en dos escrituras: una humanística, de fácil lectura y que, en la época, era propia de personas cultas (por ejemplo, es la misma escritura que se utiliza para el inventario de bienes del Greco); y otra procesal, mucho más compleja de entender y que se utiliza aquí para relacionar los bienes raíces del canónigo, la mayor parte en su localidad natal. En cuanto a los bienes muebles, se organizan en apartados cuya sola enumeración nos da una idea de la riqueza de su poseedor: tapicerías de invierno y de verano; camas; escritorios y cosas de madera; ornamentos y cosas de altar; libros; tablas y pinturas; “un arca de ropa blanca”; plata, que aparece cuidadosamente valorada; ropa negra; ropa de cama; madera; armas, cosas de la cocina; caballeriza, y finalmente unas “niñerías que ay en un escritorio”. Tras todo ello, la lista de tierras y casas.

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Hoy solo nos vamos a fijar en las obras de arte y los libros. Para empezar se describen “ocho paños grandes de boscaje y animales grandes, de cuatro anas y media de caída, tienen 190 anas y media”. El “ana” era una medida propia de la Corona de Aragón que equivale aproximadamente a un metro, de manera que estos “ocho paños” son en realidad sendos tapices de considerables dimensiones, a los que hay que añadir otros cuatro de tres “anas” de altura. Entre los libros abundan, como es natural, los libros litúrgicos y de temática religiosa, pero también no pocas obras profanas propias de una persona culta del momento: clásicos latinos (Séneca, Virgilio “con comento”, Tito Livio, Julio César o Flavio Josefo) y nuevos autores italianos como Petrarca, Ariosto e incluso los “Diálogos de Amor de León Hebreo, traduzido en castellano”. Además, encontramos un “calepino [diccionario] grande de cinco lenguas”, un “Duelo de Amor” que no hemos conseguido identificar, y un curioso libro denominado “Xeroglíficos”.

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La colección de cuadros no es menos grande, aunque aquí no se identifican con precisión los autores. Pero encontramos un apostolado completo más Jesucristo y la Virgen María, “un lienço del cerco de Pavía”, seis cuadros con las doce tribus de Israel y cuatro con los evangelistas, entre otros. También hay “un perro de cartone” y muchos vidrios venecianos y de Barcelona.

LA LOCA DEL SACRAMENTO

Teresa Enríquez de Alvarado pertenecía a la más alta nobleza castellana de la época de los Reyes Católicos. Hija del Almirante de Castilla Alonso Enríquez, nació en su villa de Medina de Rioseco hacia 1450. Su madre murió muy pronto y ella se crió con su abuela paterna, Teresa de Quiñones, en un monasterio cercano. Casó con Gutierre de Cárdenas, comendador mayor de León y señor de Maqueda y Torrijos, trasladándose a vivir a esta localidad toledana, aunque el matrimonio contó con muchas otras casas, entre ellas una muy cercana al monasterio de San Juan de los Reyes de Toledo. En 1503 Teresa quedó viuda y desde entonces se agudizó su devoción religiosa, que ya tenía muy acusada desde niña, y se dedicó a fundar cofradías y hospitales por toda Castilla.

Teresa Enríquez pronto empezó a ser conocida como “la loca del Sacramento”, por su devoción al Santísimo Sacramento. La expresión más conocida de esta devoción fue la iglesia que mandó construir en Torrijos para albergar al cabildo de sacerdotes y a la cofradía que había instituido con esa advocación. La Colegiata se construyó entre 1509 y 1518, de manera que este año celebran sus cinco siglos de historia con un muy interesante programa de actos culturales.

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En nuestro archivo conservamos una copia auténtica del testamento de esta singular mujer realizada en 1725; en el Archivo de la Nobleza se encuentran otras dos copias, una idéntica a la nuestra y la otra contemporánea del original, que se otorgó en marzo de 1528, un año antes de su muerte. Aunque este documento es bastante conocido, no nos resistimos a fijarnos en algunos detalles interesantes. Como corresponde a su alcurnia, es un documento muy largo y prolijo, de 92 folios, en el que se muestra extremadamente puntillosa con algunas cuestiones: la liquidación de las deudas con sus tres hijos, el funcionamiento de las instituciones que ha fundado, sobre todo la iglesia y cofradía del Santísimo Sacramento de Torrijos, y la reglamentación de las misas y memorias pías por su alma. Incluso llega a exigir que se nombre un sacerdote especialmente dedicado a recordar todas las oraciones que deben decirse por su salvación eterna, no vaya a ser que los capellanes encargados se olvidasen con el tiempo. Llama la atención que ordena se tapien unas puertas que había hecho en algunos de los conventos fundados por ella para facilitar su visita, puesto que, una vez fallecida, eso solo podía traer problemas al convento. Por supuesto, una vez cumplidas todas las obligaciones, el resto de su herencia, que no debía ser poco, queda para su iglesia torrijeña, detallando de nuevo su forma de administración.

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Entre sus muchas fundaciones, de las que se acuerda en su testamento, destacamos la cofradía de la Preciosa Sangre de Cristo de Toledo, que fundó “para que cada noche, después de tañida la orazión, anden quatro hombres con sendas campanillas por las calles de la cibdad según les fueren repartidas para acordar que hagan oración por las Ánimas del Purgatorio e por los questán en pecado mortal, diciendo cada uno después de haber tañido la campanilla a altas vozes estas palabras: Fieles cristianos devotos de Nuestro Señor Jesucristo, rogad a Dios por las Ánimas del Purgatorio y por los questán en pecado mortal, por que Dios depare quien ruegue por vosotros, amén.” Además, la cofradía irá rezando oraciones delante de los que vayan a ajusticiar.

TORRIJOS EN EL SIGLO XIV

El AHPTO conserva un número significativo de documentos medievales. Algunos de ellos ya los hemos presentado en este blog, pero esta vez, en lugar de un solemne documento real, hemos escogido un humilde documento privado. Se trata de la venta de unas casas en Torrijos a finales del siglo XIV. Nada excepcional, pues.

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Ya con el primer vistazo nos damos cuenta de que en este documento casi no hay signos especiales, ni “dibujos”, salvo el signo del notario. El motivo es que estos signos que encontramos en los documentos más solemnes no tienen una función estética, sino que son los que le otorgan valor legal, a falta de firmas autógrafas. Además, el texto ocupa casi todo el espacio disponible. Hay que tener en cuenta que tanto las tintas como el pergamino en que está escrito eran materiales caros, sin contar con que había que pagar al escribano que lo redacta, de manera que no era cuestión de ir derrochando materiales. El documento está escrito en castellano medieval y en un tipo de letra que se llama “gótica cursiva”, plagada de abreviaturas y muy cercana a la “letra cortesana” que se pondrá de moda en el siglo siguiente.

Por este documento Ferrán Martínez, hijo de Martín Ibáñez, y su mujer doña Genta, venden a Antón Sánchez, hijo de Benito Pérez, y a su mujer doña Olalla, todos vecinos de Torrijos, unas casas y “bacarías” (vaquerías) que están “en el suelo [es decir, el solar] de la Orden”; suponemos que se trata de la orden de Santiago, dominante en la zona. Lindan con las casas de Inés Domingo, viuda de Pascual González, con suelo de Mencía Fernández Pantoja y con la calle real. Su precio es de 800 maravedíes de a diez ducados el maravedí. Veamos algunos detalles interesantes.

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El primero es el nombre de la vendedora, realmente inusual. Hemos barajado la posibilidad de que se llamase Gema o “Gentil”, por más que sean nombres igual de singulares para la época, pero lo cierto es que no podemos dar la transcripción por segura, sobre todo teniendo en cuenta que las dos veces que aparece en el texto lo hace en forma abreviada. Como siempre, se agradece todo tipo de sugerencia. Digamos que al final del texto toma la palabra la propia vendedora para renunciar a determinados privilegios legales y dice que “de la qual ley [a la que renuncia] só çierta e sabidora porque me la fisieron entender los testigos desta carta”; es decir, que, aunque la ley en cuestión estaba redactada en castellano, le tuvieron que explicar su contenido, algo que, por lo demás, ocurre en todas las épocas.

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Otro detalle curioso es la palabra “riedra”, actualmente descartada incluso del diccionario de la Real Academia, y que vale por protección o amparo: “Et si riedra non pudiésemos o non quisiésemos, o contra esta vendida e donación dicha fuésemos”, entonces los vendedores deberán pagar el doble del precio de la casa. Por cierto, que la alusión a la “venta y donación” se refiere a una de las múltiples cláusulas legales, que indica que, si la casa fuese tasada posteriormente en más valor del precio pagado, los vendedores regalarían a los compradores todo ese exceso de precio “por las muchas buenas obras que de vos resçebimos”; esto último, naturalmente, no es más que una fórmula retórica.

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El documento está fechado en Torrijos el 11 de abril de la “era” de 1413. La “era hispánica” empezaba a contar el año 38 a.C., supuestamente el año en que Augusto acabó de conquistar toda la Península, de manera que, en nuestra datación actual, se trataría del año 1375.  

Una vez finalizado el documento se añade un apéndice en el que, tres días después, el mismo notario da fe de la toma de posesión efectiva de las casas. Siguiendo el ritual habitual, y que ya describimos con detalle en otra ocasión, el comprador entró físicamente en la casa “e tomó por la mano al dicho Ferrán Martínez e sacólo fuera dellas”. Una forma muy expresiva de dejar claro quién es el nuevo dueño.

 

GREGORIO MARAÑÓN

Como muchos sabéis, el pasado lunes se presentó el flamante nuevo Portal de Cultura de Castilla-La Mancha, en la que los archivos tienen una presencia destacada. Nuestro archivo tiene también un espacio propio, nuestra propia página web. Os animamos a visitarlo cada cierto tiempo. Una de las secciones que ofrece este portal está dedicada a recuperar exposiciones virtuales de documentos de archivo que se realizaron en años pasados y merece la pena volver a ver. Entre ellas hay una, que en su día produjo nuestro archivo, dedicada a Gregorio Marañón. Con este motivo, le dedicamos nuestra entrada de hoy.

Gregorio Marañón Posadillo nació en Madrid en 1887, y en 1910 se doctoró en Medicina con premio extraordinario. Desde entonces, inició una fulgurante carrera médica que le llevó a ser considerado uno de los mejores endocrinos de nuestro país. Sin perjuicio de su especialidad, procuró en todo momento no perder de vista la situación general del paciente, incluyendo los aspectos psicológicos y sociales. Un reflejo de esta preocupación por las conexiones sociales de la medicina es su decisiva influencia para la realización del famoso viaje del rey Alfonso XIII a la comarca de Las Hurdes, entonces una de las más pobres de España, en 1922.

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Pero Marañón no es recordado solo como médico, sino también por su actividad intelectual y política. Opuesto a la dictadura de Primo de Rivera —lo que le valió un breve paso por la cárcel—, en 1931 funda junto con José Ortega y Gasset y Ramón Pérez de Ayala la “Agrupación al Servicio de la República”, a la que pronto se incorporaron otros intelectuales. Elegido diputado en 1931, renunció al escaño dos años después y se fue distanciando de la República, manteniendo una postura independiente. Es significativo que, al empezar la guerra civil y exiliarse en París, su cigarral toledano fuese incautada sucesivamente por los republicanos primero y por los franquistas después. En nuestro archivo conservamos el documento que testimonia el inicio de un expediente de incautación contara sus bienes, aunque no su resolución, que conocemos por otras fuentes. Volvió del exilio en 1942 y desde entonces, tolerado por el régimen franquista, se orientó  más al estudio de la Historia, además del ejercicio de la Medicina. Murió en Madrid en 1960 y su entierro se convirtió en una multitudinaria manifestación de afecto popular. Hoy llevan su nombre uno de los principales hospitales públicos de Madrid, y multitud de calles y plazas por toda España.

Gregorio Marañón estuvo siempre muy vinculado a Toledo, ciudad que aprendió a amar de niño gracias a Benito Pérez Galdós, amigo de su familia. En 1922 compró un cigarral (casa de campo) cercano a la ciudad, que había pertenecido a la congregación de los Clérigos Menores. Marañón lo restauró en profundidad y, durante muchos años, el “Cigarral de Menores” se convirtió en el centro de su actividad intelectual y política. Nuestros fondos fotográficos ofrecen testimonios claros al respecto, de los que seleccionamos solo tres ejemplos. En el primero vemos a Marañón junto al presidente francés Edouard Herriot, Manuel Azaña, Salvador de Madariaga y Fernando de los Ríos, entre otros, en octubre de 1932. En el segundo encontramos a Marañón junto a Alexander Fleming, en junio de 1948. Por último, un retrato de Marañón hacia 1930 leyendo. Todas las fotografías fueron tomadas en el Cigarral de Menores, y la última podéis contemplarla en nuestra exposición sobre libros y bibliotecas, en la Sala de Exposiciones del AHPTO.

LOS MÁS ANTIGUOS DE LA BIBLIOTECA

La mayor parte de los archivos cuentan con una biblioteca auxiliar más o menos pequeña. El AHPTO no es una excepción, y nuestra biblioteca ya llega a los 9.000 volúmenes, que no está nada mal. Está integrada en la Red de Bibliotecas de Castilla-La Mancha y, por tanto, podéis consultar fácilmente su catálogo. La mayor parte de nuestros libros han sido comprados, pero no pocos proceden de las donaciones de instituciones y de particulares, en especial muchos de nuestros investigadores, que, al publicar el resultado de su investigación, nos entregan amablemente un ejemplar. Y algunos libros, en fin, han venido mezclados con fondos documentales.

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Este es precisamente el caso del libro más antiguo de nuestra biblioteca, que podéis contemplar en nuestra exposición sobre Libros y Bibliotecas. Creemos que es un ejemplar raro, porque solo hemos localizado otro, en la Biblioteca Nacional de España. En todo caso, se trata de una genealogía de la reina María Luisa de Borbón, esposa de Carlos II, escrita por el cronista real Juan Baños de Velasco e impresa en 1679, presumiblemente en Madrid. Como podéis observar, además de dos sellos de nuestro Archivo, conserva el sello del Instituto de Segunda Enseñanza, y, en la parte superior, una inscripción manuscrita: “De la biblioteca del Colegio de San Bernardino de Toledo, cajón 5, nº 9”. Es evidente, pues, que se trata de una obra que formó parte de la biblioteca del Colegio de San Bernardino, integrado en la Universidad de Toledo, y que pasó al Instituto de Segunda Enseñanza al suprimirse la Universidad en 1845; mejor dicho, sabemos que los libros de este Colegio pasaron al Instituto algunos años después, hacia 1852. Nuestro ejemplar se integró en la biblioteca del nuevo centro docente, donde permanecería hasta que fue enviado al AHPTO hacia 1966, sin duda mezclado con los documentos de archivo.

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Junto con él, os ofrecemos también el segundo ejemplar más antiguo de nuestra biblioteca. Esta vez es un libro mucho más conocido, las “Ordenanzas de la Real Audiencia del Principado de Cataluña”, publicadas en Barcelona por Joseph Teixidó en 1742. De este incluso existe una copia digital a partir del ejemplar que posee la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación y que podéis consultar en la Biblioteca Virtual del Patrimonio Bibliográfico. La Real Audiencia de Cataluña tiene su origen en la “cancillería” para Cataluña que dependía de la Real Audiencia de la Corona de Aragón, pero en 1493 se configuró como un tribunal independiente. Además de sus funciones judiciales, ejerció muchas funciones de gobierno durante el reinado de los Reyes Católicos y de los Austrias. Estas funciones se mantuvieron tras la Guerra de Sucesión, aunque fueron frecuentes los conflictos con la nueva autoridad impuesta por los Borbones, el Capitán General. Precisamente estas Ordenanzas de 1742 pretenden regular las relaciones entre ambas instituciones. Tras la caída del Antiguo Régimen, en 1834, la Real Audiencia perdió sus funciones de gobierno y se transformó en Audiencia Territorial de Cataluña, perviviendo hasta la creación del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña en 1989.

DE MONAGUILLO A PRESIDENTE

La difusión de los documentos provoca la interacción con muchas personas en principio ajenas a la actividad habitual de los archivos. Y esta interacción algunas veces nos lleva a resultados sorprendentes. Es el caso de la pequeña historia que os queremos contar hoy.

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Esta imagen forma parte de la exposición “Libros y bibliotecas en el Archivo Histórico Provincial”, que estará en nuestra Sala de Exposiciones hasta el 14 de enero. Su descripción simplemente rezaba “Dos monaguillos leyendo cómics”. La fotografía procede del fondo “Rodríguez”, uno de los fondos fotográficos que conservamos en el AHPTO. En concreto, se había adscrito a una serie denominada “Exposición Salón”. Se trata de un pequeño conjunto de fotografías que, según parece, se enviaron a algún tipo de exposición o certamen, quizá a varios de ellos. Algunas de las fotografías de esta serie, entre ellas esta que os presentamos, presentan en el reverso una numeración correlativa y una misma firma, presumiblemente la del presidente del jurado, aunque no hemos logrado identificar el nombre.

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Esto era todo lo que sabíamos hasta hace pocos días, en que se identificó uno de sus protagonistas, uno de los monaguillos, y también identificó a su compañero, el lugar y la fecha. Además, resultó que se trata de una persona de relevancia pública, el político toledano Jesús Fuentes Lázaro. Él es el que sostiene el tebeo —un ejemplar del popular “Pulgarcito”—, mientras que el otro monaguillo es el empresario Juan Pagés. La fotografía se tomó en la sacristía de la iglesia de San Nicolás de Toledo, en 1953. El propio Jesús Fuentes nos proporcionó estos datos, que fueron confirmados por el Sr. Pagés en una visita que hizo expresamente a nuestra exposición. Por supuesto, les agradecemos a ambos la información.

Jesús Fuentes Lázaro nació en Toledo en 1946, es decir, que tenía ocho años en esta imagen. Desde los primeros años de la democracia se integró en el Partido Socialista Obrero Español, y representando a esta formación fue diputado por la provincia de Toledo desde 1979 a 1989, y después senador durante dos años más. Mientras tanto, llegó a ser presidente del entonces “ente preautonómico” de Castilla-La Mancha entre diciembre de 1982 y junio de 1983; inmediatamente, después, el “ente preautonómico” se convertiría en la actual Comunidad Autónoma. También fue secretario provincial de su partido entre 1981 y 1987, y concejal en el Ayuntamiento de Toledo desde ese último año a 1991. Además de su actividad política, Fuentes es colaborador frecuente de diversos medios de comunicación y tiene varias publicaciones de investigación histórica. Actualmente es el presidente de la Asociación de Amigos de la Biblioteca de Castilla-La Mancha.

EN EL CENTENARIO DE MORETO

Este año se celebra el cuarto centenario del nacimiento de Agustín Moreto, uno de los dramaturgos y poetas más importantes de nuestro Siglo de Oro. Pero el próximo domingo, día 28, es el aniversario de su muerte en Toledo. Así que, con este motivo, os ofrecemos uno de los documentos que conservamos con su firma.

Agustín Moreto y Cavana nació en Madrid en 1618, en una familia de ricos comerciantes. Se graduó en Artes en la Universidad de Alcalá y ya por su época de estudiante empezó a escribir poesías y pequeñas obras de teatro, frecuentemente en colaboración con otros autores. En 1642 recibe las órdenes menores —lo que lo convierte en clérigo, pero no sacerdote— y recibe un beneficio en Mondéjar (Guadalajara). Esta época, hasta su traslado a Toledo, suele considerarse la más interesante en cuanto a su producción teatral, aunque siguió escribiendo y estrenando con mucho éxito durante toda su vida.

En 1657 o 1658 se ordena sacerdote, y en ese momento su protector, el cardenal Baltasar de Moscoso, Arzobispo de Toledo, le otorga otro beneficio en esta ciudad como capellán del Hospital del Refugio, junto a la parroquia de San Nicolás. Moreto se instalaría en Toledo hasta su muerte, integrándose en la hermandad de las Escuelas de Cristo, aunque realizó algunos viajes breves a Madrid y Sevilla. Murió en 1669 y fue enterrado en la capilla de su hermandad, en la parroquia de San Juan Bautista, ubicada en el actual Oratorio de San Felipe Neri. Dejó todos sus bienes a los pobres. El retrato que presentamos es obra de Juan Pareja y se conserva en la Fundación Lázaro Galdiano de Madrid

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Su producción teatral fue muy extensa, y destacan sobre todo sus comedias, que todavía hoy se representan con notable éxito.  Quizá las más conocidas sean “El lindo Don Diego” (1662) y “El desdén con el desdén” (1654), pero produjo cuarenta comedias en solitario más otras veinte en colaboración con otros autores. Suelen destacarse también sus obras cortas, como entremeses, loas y bailes dramatizados. Todas ellas podéis conocerlas y consultarlas en línea gracias al proyecto “Moretianos” de la Universidad de Burgos. En suma, toda una estrella de la literatura del siglo XVII.

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El documento que os ofrecemos es un poder notarial fechado el 18 de julio de 1667, que requiere cierta explicación. Pocos días antes había muerto en el Hospital del Refugio un tal Juan de Padura, que en su testamento nombró albaceas a Moreto y a su compañero Francisco Carrasco Marín. Este Carrasco, por entonces secretario de la Hermandad del Refugio, era capellán de la Capilla de la Reina Catalina, en la Catedral, y fue también prior de la colegial de Santa Leocadia del Alcázar. Bien, pues ambos quedan encargados de cumplir la voluntad del finado y liquidar sus bienes. Pero, como Padura resultó ser “natural de Larrimbe, una legua de la ciudad de Orduña” —hoy en el municipio de Amurrio, Álava—, los dos albaceas dan a José de Orcasitas, administrador de los diezmos de la mar de Orduña, el poder necesario para recabar todas las rentas y propiedades que pudieran corresponderle. Por cierto, que sabemos que este José de Orcasitas moriría a finales de agosto de 1674, por su inventario de bienes conservado en el Archivo del Territorio Histórico de Álava.

Y, por supuesto, al final de todo, las firmas de Moreto, Carrasco y el notario.

JUAN DE MARIANA, ENTRE TOLEDO Y TALAVERA

Hoy vamos a dedicar el post a Juan de Mariana, uno de los más importantes historiadores y teólogos del siglo XVII español. En nuestro archivo contamos con varios documentos referentes a su actividad, y dos de ellos están en la exposición “Libros y bibliotecas en el Archivo Histórico Provincial”, que podéis visitar hasta el 14 de enero próximo. Aquí os ofrecemos el final de uno de ellos. Se trata del contrato con el editor Juan de Padilla para la edición, publicación y distribución de la obra más importante del erudito talaverano, la “Historia de rebus hispaniae”, fechado el 19 de marzo de 1591.

Juan Martínez de Mariana había nacido en 1536 en Talavera de la Reina, hijo natural de un deán de su Colegiata. En 1553 marchó a estudiar a la Universidad de Alcalá y al año siguiente profesó en la Compañía de Jesús. A partir de aquí ejerció de profesor en diversas escuelas jesuitas en Roma y Palermo, y después en la Sorbona de París. En 1574, por motivos de salud, renunció a su cátedra y se trasladó a la residencia de los jesuitas en Toledo. Muy cerca, por cierto, de nuestro Archivo. Aquí se dedicó a la escritura, convirtiéndose en uno de los intelectuales de más prestigio de su época.

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Su obra principal la escribió en estos años. El documento que os mostramos dice que Mariana ya tenía terminada la obra, y Padilla se compromete a imprimirla “en papel de marquilla de Génova”. Padilla, que es sacerdote beneficiado en la hoy desaparecida parroquia de San Bartolomé de Sonsoles, además de impresor actuará como distribuidor y vendedor de la obra; de hecho, parece que su ocupación principal no era la editorial, sino más bien la administración de bienes ajenos. Se quedará con todos los beneficios de la venta de la obra, pero entregará al autor 250 ejemplares para que los pueda vender por su cuenta; eso sí, no antes de que el editor hubiera vendido todo su lote y comprometiéndose a regalar 30 ejemplares. Mariana se encargaría también de los permisos y trámites legales de la edición, y además prestó a Padilla 500 ducados —una cantidad nada despreciable— a modo de ayuda para la edición. Finalmente, en el caso de que la obra se tradujese al castellano, sería también Padilla el encargado de su edición. Como vemos, a pesar del prestigio de Mariana y del respaldo de la Compañía de Jesús, las condiciones de la edición eran realmente duras. Podéis conocer más detalles sobre este y otros documentos similares en un excelente artículo del investigador toledano Hilario Rodríguez de Gracia, del que hemos extraído algunos de estos datos.

La obra se publicaría efectivamente al año siguiente. En 1601 vio la luz su versión castellana, y en 1605 una segunda edición, considerablemente ampliada, que se editó en Maguncia. Esta “Historia de España” tuvo un éxito extraordinario y se convirtió, de hecho, en el texto oficial de historia de nuestro país hasta el siglo XIX, manteniendo su influencia incluso en la actualidad.

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Juan de Mariana vivió en Toledo hasta su muerte en 1624, dedicado a la investigación histórica, política y teológica. Pero eso no significó que viviera tranquilo. En 1607 fue encarcelado durante año y medio en Madrid por una obra en la que criticaba la práctica de devaluar la moneda, muy utilizada en la época. Y en 1610 uno de sus libros fue quemado públicamente por el Parlamento de París por incitar al regicidio. Quizá por eso, el retrato que conservamos de él nos lo muestra con gesto duro y algo amargado; os mostramos aquí la copia que conserva el Museo del Prado, aunque el original está hoy en la Biblioteca de Castilla-La Mancha.

LA SEMANA DEL LIBRO, EN OCTUBRE

Ya sabéis que el pasado lunes inauguramos nuestra exposición dedicada al libro y las bibliotecas. Por cierto, muchas gracias a nuestro compañeros Carmen Morales y Mariano García Ruipérez, directores de la Biblioteca de Castilla-La Mancha y del Archivo Municipal, respectivamente, por acompañarnos en el acto. Aprovechamos para animaros también a que visitéis la exposición “20 años en 32 instantes”, que se inaugura hoy en la Biblioteca de Castilla-La Mancha, y la exposición virtual “Toledo en los grabados de Genaro Pérez Villaamil (1842-1850)” que ha montado el Archivo Municipal. Las tres exposiciones las hemos organizado de manera coordinada para celebrar el vigésimo aniversario de la inauguración de la Biblioteca de Castilla-La Mancha.

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Precisamente en esta imagen de la inauguración de nuestra exposición se ve una fotografía de la Semana del Libro de Albacete de 1930. Procede del fondo del fotógrafo albaceteño Luis Escobar, quien probablemente fue el autor de la instantánea, y está fechada el 12 de octubre de 1930. Una copia de esta fotografía, sin fechar, se encuentra en el Museo Pedagógico y del Niño.

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Actualmente, la Feria del Libro de Albacete se celebra, como la de Toledo y muchas otras, en primavera, más o menos cerca del Día del Libro, 23 de abril. Esto tiene su explicación. El Día del Libro se instauró en España por Real Decreto de 6 de febrero de 1926, que disponía celebrarlo el 7 de octubre, fecha del nacimiento de Cervantes. La iniciativa había partido de Vicente Clavel Andrés (1888-1967), escritor y editor valenciano afincado en Barcelona. En 1918, junto con otros libreros y editores barceloneses, funda la Cámara del Libro de Barcelona, que cuatro años después sería declarada oficial. En 1923 Clavel, a la sazón vicepresidente de la Cámara, propone celebrar un “Día del Libro” en la fecha del nacimiento de Cervantes. La Cámara apoya su idea, y la reitera en 1925 hasta conseguir su aprobación oficial. Por cierto, que parece que el texto del Real Decreto fue redactado, al menos en su parte esencial, por el propio Vicente Clavel. Pues bien, el 7 de octubre de 1930 fue martes, de manera que, habiéndose prolongado las celebraciones hasta una semana, es lógico que el día de máximo esplendor en Albacete fuese el domingo siguiente, 12 de octubre, coincidente con la entonces denominada “Fiesta de la Raza Española”.

Y es que resulta evidente el ambiente festivo y popular de esta Semana del Libro, que puede localizarse en el actual parque Abelardo Sánchez. Fijaos en el baúl que está en la parte inferior izquierda, de donde proceden, seguramente, muchos de los ejemplares que se amontonan en la gran mesa central. Solo los niños de la zona inferior derecha parece que hubieran querido estar en otra parte. Incluso a uno de ellos una mano anónima le está colocando la cara para salir lo más guapo posible en el retrato. Un auténtico día de fiesta que continúa manteniendo el mismo espíritu, como se ve en esta fotografía de Arturo Pérez, aparecida en el periódico La Tribuna de Albacete el 23 de abril de 2018.

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Será 1930 el último año en que el Día del Libro, y sus ferias asociadas, se celebren en otoño; desde ese año se cambió por la actual, 23 de abril, fecha de la muerte de Cervantes, de Shakespeare y del Inca Garcilaso de la Vega, y además de la muerte o nacimiento de varios otros escritores ilustres. En 1995 la UNESCO le dio rango de día internacional.