EL TEATRO DE ORGAZ

En este verano tan especial, muchas personas echan de menos los festivales de teatro, la mayoría de ellos aplazados aunque alguno, como el de Almagro, han conseguido mantener su actividad. Hoy os queremos hablar de teatro, en concreto del antiguo teatro de Orgaz.

El teatro “Calderón” fue fundado por la Sociedad Dramática de Orgaz en 1885, año de su constitución, utilizando la antigua ermita de San Andrés. Su explotación se realizaba mediante arriendo al mejor postor. Conservamos en nuestro archivo los pliegos de condiciones de estos arriendos de varios años entre 1886 y 1916. El más antiguo fue redactado por la propia Sociedad, pero desde 1896 al menos era ya el Ayuntamiento, dueño del local, el que se ocupaba de subastar este servicio. Una de las cosas que llaman la atención de estas subastas es la oscilación del precio del remate final. La primera subasta, la única controlada por la Sociedad Dramática, se adjudicó en 250 pesetas, pero la de 1896, ya bajo control municipal, bajó hasta justo la mitad. En 1910 subió un poco, hasta las 150 pesetas, cantidad que se mantuvo en 1913, pero en los años inmediatos la subida fue espectacular: 385 pesetas en 1914, 402 en 1915 y nada menos que 502 pesetas en 1916. Es evidente que las consecuencias económicas de la I guerra mundial se hacían sentir incluso en los pueblos del interior de España.

Condiciones del arrendamiento

Junto con los precios, encontramos otros interesantes detalles. Así, siempre se reservan un par de plazas para las autoridades y en 1896 también tres plazas para otros tantos miembros de la Sociedad por sorteo; esta última condición se suprimiría en años posteriores. También es curiosa la evolución de los usos del local. En 1886 la Sociedad prohíbe expresamente los bailes, pero diez años después el Ayuntamiento los permite aunque solo en Carnaval; además, se añade que se podrá utilizar también para este fin la escuela de niños, pero este inciso finalmente quedará tachado del pliego de condiciones. En 1913 ya se permiten los bailes en cualquier fecha, aunque el Ayuntamiento podrá utilizar el local en cualquier momento para cualquier otro uso, salvo los días de Navidad, Carnaval y la feria de ganado de agosto, fechas en que el baile está garantizado. Al año siguiente se incluye expresamente la posibilidad de dar funciones de cinematógrafo, lo que se mantendrá en el futuro. De hecho, en sus últimos años el local será ya conocido como “Cine Calderón”.

Una de las condiciones del arrendamiento era que cada arrendatario debía elaborar un inventario de los bienes que dejaba al finalizar el año para entregárselo al Ayuntamiento y al arrendatario siguiente. Nosotros conservamos dos de estos inventarios, de 1913 y 1918, que también revelan datos de interés. Por ejemplo, podemos ver cómo el patrimonio se iba deteriorando y hasta desapareciendo. Por ejemplo, de los 21 bancos de madera numerados que había en 1913, solo quedaban 19 en 1918, y dos anotaciones posteriores al margen nos informan de que luego pasaron a 17 y por fin a 16. Los “cinco bancos de madera forrados” del año 13, cinco años después ya se encontraban en mal estado, y al margen una anotación dice lacónicamente: “Nada”. Entre ambos años el “velador con cubierta de hule” ha pasado a “mal estado” y la “banqueta para el apuntador” se ha quedado sin patas; ambos objetos tienen una anotación al margen: “No ay [sic]”. Los objetos más visibles parecen aguantar mejor el paso del tiempo, y en ambos inventarios aparecen 18 bastidores de decoración (eso sí, “en regular estado”), dos bastidores de boca y otro de foro, cuatro telones de fondo (dos de ellos han perdido sus correspondientes cordeles para manejarlos), otro de boca y “una decoración cerrada con sus correspondientes puertas”. Es interesante comprobar cómo entre ambos años han desaparecido todas las luces de petróleo o quinqués, sustituidas por “once brazos aparatos luz eléctrica de una lámpara [sic]… treinta bombillas [y] una luz mineral en el descanso”.

Terminamos recomendando la entrada sobre este tema del blog “Villa de Orgaz”, mantenido por Jesús Gómez Fernández-Cabrera, de donde hemos obtenido algunos datos y donde podréis encontrar muchos mas.

TESOROS Y TESORILLOS

Buena parte de los objetos que hoy podemos contemplar y estudiar en los museos proceden de hallazgos más o menos casuales. Es importante recordar que, cuando se encuentre cualquier objeto que parezca antiguo o interesante, debe informase inmediatamente a la autoridad para que se evalúe si el objeto merece pasar a algún museo. Hoy os vamos a contar tres casos de conjuntos de monedas, convencionalmente llamadas “tesoros” o “tesorillos”, encontradas en la provincia de Toledo. Pero antes tenemos que agradecer la colaboración de nuestros compañeros del Museo de Santa Cruz, en especial a su director, Fernando Fontes, y a la conservadora Estrella Ocaña, quienes nos han proporcionado muchos de los datos que nos faltaban sobre estos hallazgos.

El más conocido es el llamado “Tesoro de Borox”, al que el numismático José María López Aranda dedicó una monografía en 2014. Se trata de doce piezas de oro que se encontraron en marzo de 1964 en una casa de esa localidad cuando unos trabajadores que estaban transportando patatas informaron a la dueña de su aparición en el suelo y la pared de la habitación. La propietaria avisó a la Guardia Civil, que por su parte rindió informe al Gobernador Civil, advirtiendo que habían podido identificar algunas fechas, entre 1689 y 1709, y también que algunas de las monedas eran de procedencia portuguesa y francesa. Hoy, el “Tesoro” se conserva en el Museo Arqueológico Nacional.

En agosto de 1961 se produjo un descubrimiento similar cuando se hacían obras en una casa de Dosbarrios. En esta ocasión se trataba de casi un centenar de monedas de plata de los reinados de Carlos III y Carlos IV, que fueron a parar también el Museo Arqueológico Nacional. Nuestros documentos nos cuentan el trasiego de las monedas, que fueron entregadas por la propietaria a la Guardia Civil de su pueblo, quien las depositó en el Juzgado de Paz, de donde pasaron al Juzgado de Primera Instancia de Ocaña, cuyo titular las depositó en la sucursal del Banco de España en esa localidad y de allí salieron por fin para el mencionado Museo. Además, nos enteramos de que la indemnización que legalmente corresponde tanto al hallador como a la propietaria del terreno tardó más de dos años y medio en pagarse, previa protesta de los interesados.

Muy distinto es el tercer y último caso que os presentamos. Se trata de un importante conjunto de más de 600 monedas que en julio de 1939 fueron incautadas por la Comisión Provincial de Incautación de Bienes, de la que ya os hablamos hace algún tiempo. La Comisión pidió informe al director de la Biblioteca, quien se lo pasó al del Museo, Francisco de Borja San Román. Este dictaminó que la mayor parte de las piezas procedían del reinado de Fernando VII, pero que también había algunas extranjeras y, sobre todo “una ibérica y otra de Alfonso VII acuñada en Toledo”. San Román esperaba que este conjunto se quedase en el Museo de Santa Cruz, y en efecto así sucedió en un primer momento. Pero los documentos que conserva el Museo indican que en julio de 1941 las monedas fueron devueltas a su propietario anterior y hoy desconocemos su paradero.

NADIE SABE NADA

Muchas veces hemos observado que los documentos conservados en los archivos son, en realidad, la memoria de la gente corriente, del pueblo, en definitiva. La mayor parte son prueba de sucesos ordinarios, cotidianos, pero precisamente por ello dan la medida de una sociedad y una época, tanto o más que las grandes creaciones o los hechos espectaculares. Los documentos que hoy os presentamos son testimonio de una simple anécdota, una cuestión de rutina, pero que refleja el ambiente en La Mancha durante la Restauración, cuando pervivían aún muchos abusos de los propietarios más acaudalados para con las personas más pobres, abusos casi siempre envueltos en impecable cobertura legal. Los menesterosos a veces estallaban en revueltas, pero era más habitual encontrar expresiones solapadas de su descontento, como los anónimos y pasquines.

Estamos en Orgaz, en mayo de 1878. Debió ser el martes 13 o el miércoles 14 cuando una persona que se mantiene en el anonimato entrega al primer teniente de alcalde una hoja que había encontrado pegada en la plaza del pueblo a altas horas de la noche. El teniente la pasa al alcalde, quien resta importancia al asunto. El pasquín se refiere a la decisión del Ayuntamiento, en connivencia con una “Junta de Asociados”, de arrendar los pastos comunales (“los prados”) en lugar de permitir su uso libre por todos los vecinos, como venía siendo costumbre. Esta privatización de un recurso público fue un recurso muy habitual desde la Edad Media, siempre con el argumento de “cubrir los gastos del presupuesto municipal”, como declarará el propio alcalde ante el juez. Pero, obviamente, esta privatización dejaba a los más necesitados sin lugar donde sus escasos ganados pudieran pastar. Por eso, “todos los pobres de Orgaz” amenazan con “encenderse muchas eras de los que tién la culpa. Todos los días abrá quema”. Rematan con un “estamos dispuestos a quemar todo lo bibo, y cuidao”.

Pasquín

El alcalde se toma el asunto más en serio cuando aparece un nuevo cartel en la madrugada del domingo 19 de mayo, en la primera columna del soportal de la plaza. Esta vez lo descubrió el alguacil, y ahora sí se da conocimiento al juez. Este segundo pasquín, más extenso, repite la amenaza de incendiar las eras pero se añade que “cuidao con meterse con nadi, porque entonces pasaremos a otra cosa”.

Fragmento de informe

La investigación es breve. Tras interrogar al alguacil, que no sabe nada de nada, el alcalde dice sospechar de Anastasio Hinojosa Díaz, “Cacha”, a quien un vecino afirma haber visto la noche del sábado al domingo con otros campesinos en una reunión “de carácter tumultuoso… tratando de ponerse de acuerdo para invadir con sus caballerías la dehesa boyal el día que se abriera para el aprovechamiento de sus pastos”. Pero Hinojosa declara que esa noche estuvo “sembrando melones al otro lado de Yébenes” y después regresó a su casa al anochecer sin volver a salir. Por supuesto, tampoco sabe nada del asunto, ni tiene ningún interés en ello puesto que nunca ha llevado a sus dos caballerías a las eras comunales. Finalmente, el fiscal entiende que no hay caso. Las amenazas no parecen tener más objetivo que el de intimidar y, por otro lado, nadie sabe nada o al menos no dice nada al respecto. El juez archiva el asunto el 7 de junio. Pero el descontento popular en Orgaz estaba claro, aunque esta vez no llegó a concretarse.

LA POSADA DE LA HERMANDAD

Hoy dedicamos nuestro post a uno de los edificios más conocidos de la ciudad de Toledo: La Posada de la Hermandad. Como es sabido, la Santa Hermandad fue una institución creada por los Reyes Católicos, sobre la base de diferentes “hermandades” que funcionaron en Castilla al menos desde el siglo XIII, con la misión básica de mantener el orden en los campos y lugares que no contasen con su propia fuerza pública. Entre otros muchos privilegios, contaba con su propio sistema de justicia y su propia cárcel. El edificio que nos ocupa se destinó a sala de justicia y a cárcel de la Hermandad en Toledo. Los reyes borbones reducirían mucho su capacidad de actuación, y finalmente la Santa Hermandad fue suprimida en 1835.

La sede toledana fue desamortizada y vendida a un particular. En 1858 se convirtió en posada y en 1909 obtuvo la categoría de “Monumento arquitectónico”. Tras la guerra civil la propiedad fue repartida y el inmueble entró en mayor decadencia. En 1956 fue expropiada por el Estado, quien lo utilizó de forma intermitente para actividades culturales hasta cederla dos años después al Ayuntamiento, quien instalaría un “Museo de la Santa Hermandad” del que se tienen pocos datos. Las fotografías que os mostramos, de la fachada del edificio y de la Sala Capitular, corresponden a esta época de aproximadamente primera mitad del siglo XX.

En marzo de 1968 se concede permiso al hebraísta norteamericano Don A. Halperin, de la Universidad de Florida en Gainesville, para excavar en la Posada de la Hermandad. Sin duda, esta excavación, financiada por el propio Halperin o por su universidad, está relacionada con su libro sobre las antiguas sinagogas de la Península Ibérica que publicaría un año después. En el archivo del Instituto del Patrimonio Cultural de España se encuentra un proyecto de restauración de esos mismos años, del que fue responsable principal el arquitecto José Manuel González Valcárcel, pero no sabemos si esta restauración y la excavación del profesor norteamericano estuvieron relacionadas. En todo caso, en el permiso de excavación no se alude al “Museo de la Santa Hermandad”, por lo que debemos suponer que había dejado de funcionar. Al parecer, en 1978 el edificio albergaba a una asociación cultural.

El que sí conocemos bien es el proyecto de restauración integral que se aprobó en diciembre de 1980, bajo la dirección del arquitecto Jaime Nadal Uriguen. Los trabajos duraron dos años y, en general, dejaron el edificio tal como lo podemos ver hoy. En el expediente de contratación se alude a que la última restauración se realizó veinte años atrás (en realidad, como hemos visto, fueron solo once años), y el estado general del edificio es calificado de “semi-ruina”. En los planos que os ofrecemos se incluyen anotaciones sobre algunas de las actuaciones principales de este proyecto. Desde este momento, el edificio, cedido de nuevo al Ayuntamiento, ha albergado diferentes proyectos culturales y turísticos. Podéis encontrar más detalles, así como bibliografía, en este post de José García Cano.

DE TOLEDO A GUATEMALA

Este espectacular escudo de armas apareció en medio del protocolo del notario de Toledo Eugenio Sotelo de Ribera del año 1605. Ya sabéis que este tipo de dibujos no son muy habituales entre los protocolos notariales, que son una fuente de información excepcional pero poco dados a alegrías estéticas. Ya hace algún tiempo os dimos noticia de otro caso similar. Aquí se trata de las armas de Francisco de Jerez Serrano, vecino de Santiago de los Caballeros de Guatemala —actual Antigua Guatemala—, y el escudo forma parte de la información sobre su limpieza de sangre. Desde luego, el dibujo en sí merece la pena pero, como solemos hacer, nos hemos fijado en algunos detalles aparentemente sin importancia pero que creemos reflejan las costumbres e ideas del momento.

Detrás del dibujo encontramos, en primer lugar, el poder que Francisco da a Francisco Pérez de Porras y a María de Ayllón de Bárcena “mi madre”, vecinos de Sevilla, para que pidan las informaciones sobre su limpieza de sangre. Lo hace ante el escribano Alonso Rodríguez el 14 de noviembre de 1603. El documento tardaría algunos meses en llegar a Sevilla, donde casi un año después, en octubre de 1604, Francisco Pérez delega su poder en un notario de Valladolid llamado Felipe Gutiérrez. Este será el que lleve el asunto y, buscando a las personas que pudieran haber conocido a los padres y abuelos de nuestro guatemalteco, se presentó en Toledo el 20 de diciembre y pidió permiso a uno de los alcaldes ordinarios de la ciudad para interrogar en su presencia y en la del notario a los testigos necesarios. Así se hizo y se presentaron hasta catorce testigos, lo que indica que la familia de Francisco de Jerez debió haber vivido bastante tiempo en nuestra ciudad. Los interrogatorios duraron desde el 23 de diciembre de 1604 hasta el 12 de enero de 1605,  aunque se respetaron los días de Navidad. Gracias a ellos nos enteramos de que el interesado es hijo de Francisco de Jerez Serrano, difunto, y de María de Ayllón Bárcena, quien a su vez es hija de Mateo Sánchez de Bárcena, quien “fue montañés, natural del espinosa de los Monteros” y Constanza de Ayllón. Por su parte, Francisco (padre) es hijo de Pedro Serrano y Luisa de Jerez.

El interrogatorio es, desde luego, un estándar para estos casos. Pero precisamente por ello revela la mentalidad del momento y del lugar, en muchas cosas muy diferente de la nuestra. Así, se pregunta si conocen al interesado, a sus padres y a sus abuelos, y si todos ellos fueron casados canónicamente, hicieron vida marital y tuvieron hijos. Además, se pregunta “si son cristianos viejos limpios de toda traza, sin mácula de moros ni judíos, los cuales ninguno de ellos [los parientes] no fueron ni han sido penitenciados por el Santo Oficio de la Inquisición, ni son ni fueron de los nuevamente convertidos a nuestra santa fe católica, y han sido limpios y de limpia generación y casta, sin haber habido ni haber cosa en contrario”.

En el Archivo General de Indias se conservan varios documentos referidos a nuestro Francisco de Jerez, por los que sabemos que poseía una encomienda, había casado con descendiente de primeros pobladores, fue regidor de su ciudad, mayordomo de su catedral, procurador síndico general, y cobrador y administrador de diezmos. Debió morir hacia 1642. En suma, todo un personaje de la vida centroamericana de principios del siglo XVII.

REABRIMOS LA EXPOSICIÓN CON EL PLANO DE QUINTANAR

Hoy reabrimos nuestra exposición permanente, aunque con los condicionantes impuestos por la situación sanitaria. Con esto, todo el archivo vuelve a estar operativo, siempre dentro de las limitaciones propias del momento. Pero ya estamos aquí del todo, y los que estéis por el centro de Toledo podréis pasar un ratito a contemplar algunos de los documentos y fotografías que forman parte de nuestra memoria colectiva.

Sala de Exposiciones

Y para celebrarlo vamos a dejar expuesto uno de nuestros documentos más emblemáticos: el plano de Quintanar de la Orden de 1752. Este plano forma parte de los documentos del Catastro de Ensenada, de los que ya os hemos hablado en alguna ocasión precisamente en relación con los dibujos de Toledo y Talavera o el magnífico mapa de Olías del Rey. El mapa que hoy os presentamos es bastante más esquemático que el de Olías, pero más detallado que el de las dos ciudades de nuestra provincia. Como veis, solo señala los límites del casco urbano (de forma bastante convencional), las iglesias y los caminos, mas alguno de los comunes de la villa, como “Villaverde” o “El Monte”. En realidad, de lo que se trataba era de marcar referencias geográficas para facilitar el minucioso trabajo de identificar y describir todas las fincas del municipio. A pesar de ello, el dibujante no ha renunciado a algunos detalles estéticos aunque realistas. Así, cada iglesia tiene su propia forma, que sin duda correspondía con la realidad, y en el inicio del Camino de Miguel Esteban se han dibujado los árboles que debían formar una bonita alameda.

No todos los edificios que se dibujan permanecen en la actualidad. Quedan en su sitio, además de la parroquia, las actuales ermitas de San Sebastián, San Juan, Santa Ana y la Piedad. El templo que nuestro mapa identifica como “San Blas” hoy ha trasladado su advocación principal a San Antón, y finalmente de San Bartolomé, La Concepción  y San Pedro solo quedan hoy el recuerdo en el callejero quintanareño. Lo mismo ocurre con la zona de “Villaverde”. Evidentemente, mucho más difícil es identificar los diferentes caminos.

Si pensamos que todavía hoy el Catastro es una operación compleja y sujeta a continuas revisiones, imaginemos lo que suponía hacerla por primera vez a mediados del siglo XVIII: el esfuerzo organizativo, humano y económico fue colosal. En Quintanar, las operaciones se iniciaron con el “Interrogatorio general” el 10 de junio de 1752 y terminaron con el “Resumen del producto” (es decir, el cálculo global de lo que producían las tierras e industrias del municipio, una especie de PIB de la época) que se terminó el 2 de septiembre de 1756. En total, más de cuatro años. Obsérvese que este cálculo final está firmado en Almagro, que era una de las sedes secundarias de la Intendencia toledana. Y en este cálculo entran todos, incluidos los terratenientes.

El grueso de las operaciones catastrales fueron, como es lógico, los reconocimientos de las fincas rústicas. Pero no se descuidaron las casas del casco urbano, de las que se hacían dos reconocimientos. El primero, por orden topográfico, es decir, por calles, reflejando las casas que había en cada calle. El segundo reconocimiento se hacía por vecinos, indicando el número y calidad de las personas que vivían en cada casa. Eso sí, en todos los casos se distingue entre las propiedades de seglares y las propiedades de eclesiásticos.

LOS ARCHIVOS DE TOLEDO EN 1928

Esta semana celebramos la Semana Internacional de los Archivos, y con este motivo queremos presentaros un interesante documento que refleja la situación de los archivos de nuestra provincia en 1928, excepto los que ya estaban servidos por archiveros del Estado. Se trata de un informe exhaustivo realizado por Francisco de Borja San Román Fernández e Ignacio Calvo Sánchez y terminado el 20 de diciembre de ese año. El informe forma parte de un proyecto impulsado por la Junta Facultativa de Archivos, Bibliotecas y Museos desde 1922. Los informes originales de todas las provincias se conservan hoy en el Archivo Histórico Nacional, pero nosotros tenemos una copia del correspondiente a Toledo.

El informe se divide en dos partes, una para la ciudad de Toledo y otra para la provincia, con una introducción general y otra específica para la provincia. No podemos entrar aquí en los detalles de cada archivo visitado, así que solo repasaremos algunos de los comentarios generales que hacen nuestros dos ilustres colegas. No obstante, ellos mismos advierten que no solo reflejan lo que hay en los archivos, sino también los documentos que alguna vez estuvieron en ellos y ahora (en 1928) se encuentran en otros archivos. En la introducción general llaman la atención sobre “archivos antiguos que fueron riquísimos” y que aparecen casi vacíos, lamentándose de que no haya referencias al destino actual de los documentos (algo que ellos intentan paliar) y, expresivamente, dicen que “la escueta nota ‘Han desaparecido’ es impropia de los amantes de la cultura”. Mencionan el caso del archivo del monasterio de San Clemente, aunque en el cuerpo del informe solo aluden de forma general a todos los “monasterios religiosos”. En fin, abogan por la creación de dos archivos generales provinciales, uno eclesiástico y otro civil; al aludir a este último, es evidente que San Román ya tenía en mente los detalles de la creación del AHPTO tres años después.

En cuanto a la provincia, aunque se quejan de que solo 18 pueblos de casi 200 municipios tienen un archivo apreciable, también reconocen que han dedicado la mayor parte de su tiempo a la capital y apenas dos semanas al resto de la provincia, visitando solo las cabezas de partido. En general, aprecian una falta considerable de documentación que los responsables municipales suelen achacar a la guerra de la Independencia —hoy se hace lo mismo respecto de la guerra civil— pero que, según los autores, es más bien fruto de la incuria. Tanto los archivos notariales como los judiciales llaman su atención como base del futuro AHPTO, como efectivamente así ocurrió.

Borja San Román e Ignacio Calvo

Finalmente, diremos algo sobre los autores. Francisco de Borja San Román (Toledo, 1887-1942) fue una de las figuras más importantes de la intelectualidad toledana de la primera mitad del siglo XX. Director del Instituto de Segunda Enseñanza, lo fue también del Museo de Santa Cruz, de la Biblioteca provincial y fue el primer director del AHPTO. Por su parte, Ignacio Calvo (Horche, Guadalajara, 1864 – Madrid, 1930) fue un no menos ilustre sacerdote arqueólogo, arabista y numismático, muy vinculado al Museo Arqueológico Nacional. Se hizo famoso, sin embargo, por su traducción parcial del Quijote al latín macarrónico publicada en 1905.

DIEGO LÓPEZ DE AYALA, MECENAS Y ARRUINADO

Como sabéis, en una Catedral el canónigo obrero es el responsable del mantenimiento del edificio. Durante buena parte del siglo XVI, este cargo en Toledo lo ostentó Diego López de Ayala, un personaje bien conocido por los historiadores de la época. Antes de nada, hay que advertir que existen varios personajes con el mismo nombre y de la misma época o épocas cercanas, lo que a veces ha dado lugar a confusiones. Nuestro don Diego nació en Talavera de la Reina hacia 1480 y empezó a ejercer como canónigo obrero en 1521. Participó en algunas misiones diplomáticas sin demasiado éxito, pero, en cambio, mostró tener una acusada sensibilidad artística. Por ejemplo, fue el impulsor de obras como la reja de la Capilla Mayor, los asientos del Coro o la mismísima custodia de Arfe.

Borrador de acuerdo

Además, don Diego mostró gran habilidad para hacer dinero en provecho propio. Pero nada quedó de todo ello porque en 1545, como consecuencia de la mala gestión de su subordinado, el racionero Gutierre Hurtado, tuvo que asumir una deuda colosal de más de once millones de maravedíes, que acabaría con toda su herencia. No vamos a entrar en el fondo de este asunto pero sí nos fijaremos en algunos detalles. Por ejemplo, en que, pese a sus protestas, el canónigo debió responder con sus bienes personales al desfalco cometido por su subordinado, que acababa de morir. El borrador de acuerdo que conservamos en el AHPTO nos dice que don Diego debía entregar a la Obra de la Catedral la muy respetable cantidad de 400.000 maravedís al año, casi cuatro veces más de lo que, por ejemplo, ganaba un médico de la época. En caso de muerte, sus herederos deberían pagar la mitad de esa cantidad hasta que se saldase la deuda. Además, la Catedral se incauta provisionalmente de todos sus bienes para prever impagos. Un acuerdo realmente duro. Nuestro borrador no tiene fecha, pero sabemos que se concertó en 1557.

Juramento

Tenemos también el nombramiento de los tasadores, de abril de 1559. Aquí contamos con la presencia como tasador nada menos que de Alonso de Covarrubias, el famoso arquitecto, autor, entre otros edificios, de algunos tan emblemáticos como el Hospital Tavera o la Puerta de Bisagra. Nos hemos fijado, sin embargo, en la fórmula del juramento, que transcribimos, como siempre, adaptada a nuestra ortografía actual: “juraron a Dios y a Santa María y a las palabras de los santos cuatro Evangelios… y a una señal de la Cruz tal como esta + en que corporalmente pusieron sus manos derechas… y si así lo hiciesen, Dios les ayudase, y lo contrario haciendo, se lo demandase como a malos cristianos que a sabiendas juran el nombre de Dios en vano”. Todavía hoy son palabras impresionantes.

En fin, tenemos la tasación de sus bienes, empezando por el lugar de Casabuenas pero con casas y tierras en Burguillos, “Tierra de Esteban Nambrán” y Arcicóllar, además de casas y locales en Toledo: en la Magdalena, en las calles de la Tripería o de la Ropa Vieja y en dos puntos desconocidos para nosotros: el “Corral de Don Ramón” y el “horno de Recuenco”. También poseía algunos juros. Por último, se enumeran “las joyas”: una cruz de esmeraldas, otra esmeralda engastada, tres balajes (rubíes morados) “que están en la corona de Nuestra Señora”, y “la perla”, que por la forma de nombrarla debía ser espectacular. Don Diego era un hombre rico, desde luego, pero la deuda que debió asumir superó todas sus previsiones.

Si queréis saber más sobre Diego López de Ayala y sobre el oscuro asunto que le llevó a la ruina, podéis consultar estos artículos de Susana Villaluenga y Jonathan O’Conner.

EL AHPTO ABRE DE NUEVO

El próximo lunes día 1 de junio podremos volver a atenderos en persona en nuestro centro. Eso sí, con algunas restricciones, como la obligación de acudir solo con cita previa y con vuestra propia mascarilla. El protocolo completo lo tenéis en la imagen.

Os agradecemos vuestra colaboración para cumplir con estas condiciones de seguridad. Será un placer volvernos a encontrar.

EN LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA

Hoy os queremos mostrar un curioso documento relacionado directamente con la “Guerra de la Independencia” de 1808-1814. Se titula “Carta escrita por los ministros de S.M. José Napoleón a la Junta Central del Gobierno, al decano del Consejo y al corregidor de Madrid”. Está fechada en Burgos el 17 de noviembre de 1808, es decir, en los primeros meses de guerra. No es ningún documento inédito. De hecho, la carta fue publicada en la “Gaceta de Madrid” del 6 de diciembre, se ha utilizado en muchas publicaciones y hoy está digitalizada en la web del BOE.  Lo que tenemos nosotros es una copia simple, sin firmas ni sellos. Hay que tener en cuenta que la difusión de la “Gaceta de Madrid” era muy limitada, de manera que sus textos más señalados, como este, se solían copiar o imprimir sueltos para su lectura pública o privada y que así llegase a más población. Probablemente, esta copia estuvo destinada a distribuirse o leerse públicamente en las calles y plazas de Toledo. En otras palabras: debemos entenderla como un ejercicio de propaganda política.

Carta manuscrita

Por tanto, los autores insisten en lo que les favorece, callan lo que les perjudica y señalan las maldades de sus contrarios. Así, confiesan que aceptaron sus cargos al principio con “resignación”, pero después con “entusiasmo”, convencidos de que había llegado el momento de la tan añorada “regeneración” del país sobre la base de “una gran reforma de nuestras antiguas instituciones”, para lo que “la nueva Constitución” (se refieren al llamado “Estatuto de Bayona”) era el instrumento adecuado, reforzado, según los autores de la carta, por las prendas personales del rey.

Fragmento de carta manuscrita

Desgraciadamente, “algunos jóvenes descontentos” habían arrastrado a “la plebe” en diversas provincias, donde incluso “hombres apreciables” se habían visto obligados a unirse a ellos “para no ser víctimas de sus excesos”. Con ello habían provocado a las tropas imperiales, con las desastrosas consecuencias de todos conocidas. Inmediatamente, destacan el contraste entre el buen trato recibido por las ciudades que acataron la autoridad de José I (Valladolid, Palencia) y el saqueo de la rebelde Burgos. Los autores advierten: Madrid debería tomar nota.

Fragmento de carta manuscrita

Finalmente, los autores exponen su petición concreta: “el reconocimiento del rey y de la Constitución por parte de la capital, de sus autoridades y magistrados”. Naturalmente, si la Junta Central acepta podrán confiar en “la clemencia del emperador y la piedad de un rey que se identifican con su nación”, pero de lo contrario “serán responsables a Dios a sus conciudadanos y a la Humanidad de la sangre, de la desolación y ruina que experimentarán”. En nuestra copia no se mencionan las firmas de los ministros que, según la “Gaceta”, seguían tras el texto. Lo que sí hay es una anotación señalando la fecha de la primera entrada de las tropas francesa en España, en marzo de 1808, y la de las “Cortes de Bayona” dos meses después.