EL AHPTO ABRE DE NUEVO

El próximo lunes día 1 de junio podremos volver a atenderos en persona en nuestro centro. Eso sí, con algunas restricciones, como la obligación de acudir solo con cita previa y con vuestra propia mascarilla. El protocolo completo lo tenéis en la imagen.

Os agradecemos vuestra colaboración para cumplir con estas condiciones de seguridad. Será un placer volvernos a encontrar.

EN LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA

Hoy os queremos mostrar un curioso documento relacionado directamente con la “Guerra de la Independencia” de 1808-1814. Se titula “Carta escrita por los ministros de S.M. José Napoleón a la Junta Central del Gobierno, al decano del Consejo y al corregidor de Madrid”. Está fechada en Burgos el 17 de noviembre de 1808, es decir, en los primeros meses de guerra. No es ningún documento inédito. De hecho, la carta fue publicada en la “Gaceta de Madrid” del 6 de diciembre, se ha utilizado en muchas publicaciones y hoy está digitalizada en la web del BOE.  Lo que tenemos nosotros es una copia simple, sin firmas ni sellos. Hay que tener en cuenta que la difusión de la “Gaceta de Madrid” era muy limitada, de manera que sus textos más señalados, como este, se solían copiar o imprimir sueltos para su lectura pública o privada y que así llegase a más población. Probablemente, esta copia estuvo destinada a distribuirse o leerse públicamente en las calles y plazas de Toledo. En otras palabras: debemos entenderla como un ejercicio de propaganda política.

Carta manuscrita

Por tanto, los autores insisten en lo que les favorece, callan lo que les perjudica y señalan las maldades de sus contrarios. Así, confiesan que aceptaron sus cargos al principio con “resignación”, pero después con “entusiasmo”, convencidos de que había llegado el momento de la tan añorada “regeneración” del país sobre la base de “una gran reforma de nuestras antiguas instituciones”, para lo que “la nueva Constitución” (se refieren al llamado “Estatuto de Bayona”) era el instrumento adecuado, reforzado, según los autores de la carta, por las prendas personales del rey.

Fragmento de carta manuscrita

Desgraciadamente, “algunos jóvenes descontentos” habían arrastrado a “la plebe” en diversas provincias, donde incluso “hombres apreciables” se habían visto obligados a unirse a ellos “para no ser víctimas de sus excesos”. Con ello habían provocado a las tropas imperiales, con las desastrosas consecuencias de todos conocidas. Inmediatamente, destacan el contraste entre el buen trato recibido por las ciudades que acataron la autoridad de José I (Valladolid, Palencia) y el saqueo de la rebelde Burgos. Los autores advierten: Madrid debería tomar nota.

Fragmento de carta manuscrita

Finalmente, los autores exponen su petición concreta: “el reconocimiento del rey y de la Constitución por parte de la capital, de sus autoridades y magistrados”. Naturalmente, si la Junta Central acepta podrán confiar en “la clemencia del emperador y la piedad de un rey que se identifican con su nación”, pero de lo contrario “serán responsables a Dios a sus conciudadanos y a la Humanidad de la sangre, de la desolación y ruina que experimentarán”. En nuestra copia no se mencionan las firmas de los ministros que, según la “Gaceta”, seguían tras el texto. Lo que sí hay es una anotación señalando la fecha de la primera entrada de las tropas francesa en España, en marzo de 1808, y la de las “Cortes de Bayona” dos meses después.

ESPADEROS DE TOLEDO

Hoy os vamos a hablar de las famosas espadas toledanas. Mejor dicho, de sus fabricantes, los espaderos, como el que aparece en la fotografía de hace aproximadamente un siglo. Hoy, la mayoría de ellos fabrican réplicas de espadas que han aparecido en películas o series, para consumo fundamentalmente de turistas y coleccionistas. Pero durante siglos las espadas cumplieron su función original, la de arma personal.

Espadero y cliente en su taller

Las primeras ordenanzas conocidas de los espaderos toledanos datan de 1567, aunque la presencia de estos artesanos en la ciudad debió ser muy anterior. Los fabricantes de estas armas ponían en ellas su marca personal que las identificaba, aunque no faltaban los fraudes en este sentido. Estos fraudes y otras prácticas como el uso cada vez más generalizado de espadas de menor calidad y también de menor precio, hicieron que la industria espadera toledana entrase en decadencia en el siglo XVII. Los reyes Borbones trataron de revitalizar esta industria en toda España y, en particular, fue bajo el reinado de Carlos III cuando se decidió impulsar la espadería toledana con una fábrica estatal, la todavía conocida como “Fábrica de Armas”. La que fue archivera municipal, Esperanza Pedraza, explica en este artículo,  del que hemos tomado muchos datos, que una de las personas a las que se consultó para este asunto fue al erudito Francisco Javier de Santiago Palomares, quien elaboró en 1762 una lista de los espaderos conocidos en la ciudad hasta la fecha, incluyendo el dibujo de sus correspondientes marcas. Tanto la lista como los dibujos fueron impresos y han sido ampliamente difundidos. En nuestro archivo conservamos un ejemplar de ambos documentos y no nos resistimos a difundirlos aún más.

Lista de espaderos

Como es habitual en la época, la lista se hizo por orden alfabético de nombres de pila. Sorprende los pocos artesanos cuya actividad podemos fechar con precisión, desde 1545 hasta 1637. También es evidente que el oficio se transmitía en gran medida en el seno de las familias, algo también muy frecuente por entonces. Por ejemplo, encontramos cuatro “Jusepe de la Hera”, desde “el Viejo” al “Bisnieto”. También el primer artesano mencionado, Alonso de Sahagún el Viejo es evidentemente el padre del siguiente, Alonso de Sahagún el Mozo, pero también de dos Luises de Sahagún, uno de ellos apodado “Sahaguncillo”. No faltan los apodos, como Domingo Sánchez “El Tijerero” y hay dos artesanos, “Cacaldo” y “El Campanero” de los que no se conoce su nombre oficial. Por último, podemos destacar su movilidad. Además de que Palomares nos informa de que muchos de ellos trabajaron también en otros lugares, sus apellidos sugieren esta procedencia foránea: Baena, Zafra, Nieva, Zamora, Alcocer, Toro, Sahagún, Zamora, Belmonte…

Marcas de espaderos

Por su parte, los dibujos de las marcas son también dignas de atención. Lo más habitual es que estén compuestas sobre la inicial del apellido o del nombre, pero también abundan la “T” con una «O» sobrepuesta, signo de la ciudad de Toledo. A veces se complica algo más, como la correspondiente a Gonzalo Simón (número 39), que se asemeja a un escudo heráldico. Encontramos un par de expresivos dibujos de tijeras abiertas, o la campana que identifica al ya citado “Campanero” (número 16). Pero los más llamativos son, sin duda, los figurativos, como la cabra rampante (número 59) propia de Julián del Rey —del que se dice que usó también otras marcas—, la estrella utilizada por Gil y Juan de Almau (números 37 y 43) y, sobre todo, la luna creciente de Juan Martín (número 39) y la última, una paloma en el momento de echar a volar, utilizada por un espadero desconocido.

¡HOY VOLVEMOS AL ARCHIVO!

Después de más de dos meses cerrados, hoy volvemos los trabajadores del AHPTO a nuestro centro. Este día lo dedicaremos a limpiar y ya mañana estaremos en condiciones de reanudar poco a poco nuestro ritmo habitual.

Patio del AHPTO

Eso sí, de momento, no podemos atenderos presencialmente. Tendréis que enviarnos vuestras consultas por correo electrónico o por teléfono; ambos los tenéis en nuestra web y en nuestras redes sociales. Además, podéis consultar el Censo Guía, donde encontraréis información de contacto y también sobre nuestros fondos.

Os responderemos, como siempre, lo mejor que podamos. Para ello nos ayudaría mucho que vuestras consultas sean lo más concretas posible. Además, os tenemos que pedir un poco de paciencia, porque no podremos estar todos los trabajadores a la vez y, los que estemos, trabajaremos aún con muchas limitaciones.

Muchas gracias por vuestra colaboración

MUJERES DEPOSITADAS

A finales del siglo XIX y principios del XX la protección a las mujeres maltratadas pasaba exclusivamente por los juzgados ordinarios. No existían juzgados especializados, ni protocolos policiales ni mucho menos servicios sociales dedicados a ello. Tampoco había casas de acogida pero, en los casos graves, el juez (siempre varón) podía determinar que la mujer fuese “depositada” en algún lugar considerado seguro, generalmente la casa de algún pariente. La misma palabra “depositar” ya es significativa, aunque se actuase en favor de las víctimas. Hoy os vamos a presentar brevemente tres casos que pasaron ante el Juzgado de Primera Instancia de Orgaz.

Portada de expediente judicial

El primero podría ser casi una historia de amor. En febrero de 1883 Remedios Fernández, de 20 años y vecina de Mora, pide al notario que en su nombre obtenga de su padre el preceptivo “consejo” (es decir, consentimiento) para casarse con su vecino Santiago Díaz. El padre se niega “por razones que se reserva” y entonces el abogado de Remedios pide al juez que la “deposite” en una casa segura puesto que su padre “la ha reprendido severamente de palabra y algunas veces de obra” y teme “desagradables consecuencias”. El juez ordena que Remedios viva con un tío sin ser molestada por su padre, quien además deberá entregarle “la cama y ropa de su uso”. Eso sí: deberá casarse en seis meses. Hay que observar que en todo el expediente Remedios nunca habla por sí misma y que tampoco se alude a la situación en que queda el novio. Suponemos que los jóvenes acabaron casándose, porque no volvemos a saber del asunto.

Portada de expediente judicial

Como ocurre muchas veces, en estas situaciones los malos tratos se combinan con la complejidad de los sentimientos humanos. En marzo de 1903 la vecina de Almonacid Catalina López pide el divorcio por malos tratos continuados de su marido. El juez declara el “depósito” de la mujer y acude al domicilio conyugal para llevarse a la interesada y a sus bienes. Allí, ambos cónyuges acuerdan pacíficamente la casa donde viviría Catalina y los bienes que se llevaría con ella. Pocos días después, se ordena una pensión alimenticia, pero resultó que Catalina y su marido ya la habían acordado por su cuenta y, al parecer, se cumplía escrupulosamente. Ocho años después no se habían realizado más actuaciones y, aparentemente, los cónyuges vivían juntos sin problemas. Así que el juez ordena el fin del proceso por caducidad, condenando a Catalina a pagar las costas, aunque, en realidad, las acabaron pagando a medias ella y su marido. Por lo visto, la paz había vuelto a este hogar.

Portada de expediente judicial

Terminamos con un caso mucho más terrible, el de la niña Teresa Manzano, de diez años de edad e hija del cabo del puesto de la Guardia Civil de Mora. El 29 de abril de 1889 salió de su casa para ir al colegio y ya no volvió. Dos días después, la niña es entregada al fiscal municipal de Mora por “seis u ocho socios del casino Centro de Amigos”, y al día siguiente el fiscal pide que la niña sea depositada en su propia casa, como así ocurre. Mientras tanto, el padre de Teresa escribe una carta al juez pidiendo le devuelvan a su hija “por la suma falta que me hace por allarme impedido de poder salir del cuartel y necesitarla para los mandados y al propio tiempo como cariño de padre”. Explica que “yo no e abandonado a mi hija, y si temía el benir a casa fue por distraerse en el juego a la salida de dicho colegio y temer el ser castigada por su padre”. Dice además que la niña “tiene poco cariño a su padre” porque vive con él hace solo ocho meses “puesto que de muy pequeña quedó sin madre y a estado a los mimos de su agüela durante mi ausencia de 7 años en Cuba”. Pero la declaración de la niña es muy diferente. Afirma que su padre le pegaba mucho con unas correas en la cabeza y espalda y en una ocasión, a consecuencia de un puñetazo en el costado “le produjo el golpe fluxión de sangre por la boca y narices”; le pidieron que lo repitiera ante su padre y se negó a ello entre llantos. También dijo que “la cogía de las orejas y trenza de pelo y la levantaba en alto, tirándola […] al suelo, dándola puntapiés”, que nunca desayunaba e incluso la comida del mediodía era “escasa”. Los vecinos e incluso los guardias del puesto confirmaron su testimonio, de manera que el juez ordenó que Teresa continuara viviendo “depositada” en casa del fiscal.

ANÍS DE LA ASTURIANA

¿Sabíais que el famoso Anís de la Asturiana se fabrica en Quintanar de la Orden? Pues sí. Pero es que la vinculación de esta popular marca con la localidad manchega es mucho más estrecha que una simple localización. La empresa fue fundada en 1895 en Oviedo por Francisco Serrano  López-Brea, natural de Quintanar y que acababa de llegar a la capital asturiana, aunque algunas fuentes indican que la fundación tuvo lugar en Quintanar y después se trasladaron a Oviedo. En todo caso, el negocio prosperó con rapidez y en 1916 Francisco decide ampliarlo con una nueva destilería. Su propio pueblo era el lugar idóneo, relativamente cerca de Madrid y donde su familia poseía terrenos suficientes. Como saben todos los quitanareños, la fábrica sigue funcionando en el mismo lugar y, además, se ha convertido en uno de sus atractivos patrimoniales.

Sin duda, el Anís de Asturiana es parte de la cultura popular española de buena parte del siglo pasado. Por ejemplo, se ha puesto de relieve que a partir de los años 60 su estética publicitaria evolucionó desde unas imágenes bastante severas, casi decimonónicas, a unas “asturianas” más alegres y con un leve toque erótico (para la época), reflejo de los nuevos tiempos pero también de la atención que las mujeres empezaban a poner sobre este producto, tradicionalmente masculino. Así se refleja en estos folletos publicitarios que conservamos en el AHPTO, donde vemos claramente el contraste entre la imagen publicitaria y la tradicional de la propia etiqueta del producto.

Sin embargo, la historia que está detrás de estos folletos no es tan agradable. En efecto, en 1977 la empresa se enfrentaba a una inspección de la Comisaría de Comercio Interior de Toledo por alteración fraudulenta de precios. Estos folletos fueron enviados por el presidente de la empresa al gobernador civil, junto con un nutrido grupo de documentos administrativos, para mostrar que no había existido tal alteración. En la parte de atrás de los folletos figuran los precios que se cobraban a los minoristas. Parece que el gobernador realizó alguna gestión, pero no tenemos el expediente principal que, como queda dicho, era responsabilidad de otro organismo, así que no sabemos cómo terminaría el asunto.

Hay que tener en cuenta que en este momento el dueño de la empresa era Félix Serrano González-Solares, hijo del fundador e influyente político y empresario. Había llegado a abrir una tercera destilería nada menos que en Argentina, y en esta época era alcalde de Oviedo y procurador en Cortes. Además, fue un destacado dirigente deportivo, llegando a ser presidente del Real Oviedo (aunque a la vez era socio del Sporting de Gijón) y fundador del Club de Tenis de Oviedo. Pero nunca perdió la vinculación con Quintanar, la tierra de sus padres a pesar de que, como a casi todos los empresarios, le tocase pleitear alguna vez.