CALERA EN 1712

Hoy os queremos presentar un documento que casi sería inservible si no fuese porque ha conservado su fecha y su lugar de redacción, aunque ha perdido su principio y su fin. A primera vista no es más que una lista de personas, precedidas de su calificación socioeconómica, empezando abruptamente con Luisa Fuente Ruda, calificada como “mendiga”. Le siguen tres jornaleros: Sebastián de Mata, José Muñoz Serrano y Francisco de Ayala, y continúa la lista mencionando una “casa arruinada de las ánimas del P[urgatorio]”. En la página siguiente empezamos a encontrar a los vecinos agrupados por las calles en donde viven: calle del Torrico, “Prosigue la cañada” y, más adelante, la calle del lagar Viejo, la calle de San Pedro, calle de Chozas, segunda calle de Chozas, la Plaza y la calle de las Carnicerías.

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Es evidente que estamos ante el borrador de algún tipo de censo o padrón de vecinos, muy  probablemente con intención fiscal. En efecto, era habitual que en los lugares pequeños se mantuviesen listas de vecinos preparadas para ser actualizadas cuando la Hacienda real exigía impuestos. Este debe ser el caso de nuestro documento.

 

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Pero lo que le da valor es que en una de sus páginas aparece la fecha y el lugar: Calera, 24 de julio de 1712. Se trata, pues, de una relación de vecinos del lugar de Calera, hoy Calera y Chozas, cerca de Talavera de la Reina. Y la fecha nos sugiere que estamos ante un borrador realizado para la elaboración del llamado “Vecindario de Campoflorido”, realizado en 1717 por el marqués de este título, Consejero de Hacienda de Felipe V, pero encargado cinco años antes por su antecesor, el obispo de la Gironda. Se considera el último de los censos de población antiguos, antes de que el siguiente, el famoso “Catastro de Ensenada”, viniese a revolucionar la forma de contabilizar súbditos con fines fiscales. A diferencia de este, aquí solo se pretendía recoger el número de vecinos pecheros, es decir, obligados a pagar impuestos, ignorando al resto de la población y también las posesiones de cada cual. El resultado final de este “Vecindario” es una relación de todas las poblaciones de la España peninsular, excepto País Vasco y Navarra, con su correspondiente número de vecinos pecheros, si bien los expertos lo consideran poco fiable. Se conservan dos ejemplares, uno en la Biblioteca Nacional y el otro en la Biblioteca Menéndez Pelayo, el primero de ellos digitalizado por el Instituto Nacional de Estadística.

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Sin embargo, nuestro borrador aporta mucha más información que el mero número de contribuyentes. Las calificaciones socioeconómicas presentan claramente a una población empobrecida, sin duda por las consecuencias de la guerra de Sucesión, aún en marcha. La gran mayoría de los censados se califican de pobres o mendigos, y hasta de “muy pobre”. Otra alta porción son jornaleros, algunos de ellos con profesión específica, y abundan también las referencias a casas cerradas o arruinadas. En cuanto al resto, los “útiles”, encontramos cuatro clérigos (un fraile trinitario, un clérigo de menores y dos presbíteros) y algunas personas aparentemente acomodadas: doña Úrsula, viuda de don Lucas (¿?) de la Llave, el alcalde “con labor” Francisco Moreno Calderón y el “teniente comisario general” Juan Enrique de Montalvo, calificado como “forastero”. Hay otro forastero, llamado Blas Garrido. Los demás son un puñado de profesionales y artesanos: varios labradores con sus minúsculos rebaños de ovejas y cerdos, un herrador, dos arrieros, un maestro carpintero, el notario Francisco Gil de Prado, el escribano del Ayuntamiento, un cirujano, un confitero, dos mesoneros y los “obligados” (es decir, arrendatarios) de las carnicerías y las tenerías. Y, por fin, aparece una curiosa “Casa de las Guelgas [sic] de Burgos en que bive Alfonsa Sánchez, su ospedera”.

MOTÍN EN TALAVERA

A las siete de la mañana del 4 de septiembre de 1798, el regidor de Talavera Pedro de Alcántara Aceituno Cortés, al acudir “a la reja de gobierno” como era su obligación, “advirtió una moción general en el ánimo de las gentes, que exclamaban que se les diese pan, expresándose resentidos del gobierno”. El regidor, que además era responsable del pósito municipal, preguntó el motivo del alboroto, y “halló ser justa su queja, porque a las cinco y media de la mañana se había concluido lo poco que habían puesto los tahoneros, quedándose las dos partes del pueblo sin bocado para sus familias”. Púsose de inmediato a indagar los motivos del desabastecimiento, y encontró que los tahoneros Antonio Jiménez, Francisco del Río y Nicolás Cebeira eran responsables, “los dos primeros por haber limitado las masas de algunos días a esta parte, que es el medio de que se valen cuando intentan angustiar al pueblo, y el último porque, teniendo trigo y disposición para amasar, no lo ha hecho de algunos días a esta parte por esperar la subida del pan, que es el fin que les anima a todos para ocasionar la falta”. Ni corto ni perezoso, hizo llamar a ocho soldados y dos funcionarios municipales, y arrestó a los tres sospechosos de especulación.

Todo esto se lee en las dos páginas que os ofrecemos de este expediente judicial correspondiente al Corregimiento de Talavera de la Reina. Por cierto, que se pueden apreciar claramente cómo las tintas se traspasan de un lado a otro del papel, por efecto de su composición química; son las llamadas “tintas ferrogálicas”, una auténtica plaga en los archivos.

Pero volvamos a nuestro asunto. En resumen, los abogados de los tahoneros consiguen su puesta en libertad al día siguiente. Entre los argumentos que exponen, se alude a que los molinos no funcionaron por la sequía del río Tajo, a la presencia de mucha población flotante en la ciudad (viajeros de paso para la feria de Guadalupe, labradores que acaban de terminar las tareas de recolección), a que la obligación del abastecimiento es del conjunto de los tahoneros y no solo de sus clientes, e incluso insisten en la presencia entre el pueblo de “ideas pardas y oscuras que les hizo concebir el mal influjo de su enemigo” y que le mueven al alboroto, quizá en referencia a la influencia de la reciente Revolución Francesa.

La revuelta popular fue breve. El propio expediente indica que al día siguiente se había restablecido la calma, y la averiguación de las causas del desabastecimiento pasó a manos de otro juez, diluyéndose en el marasmo judicial de finales del Antiguo Régimen.