EN EL BAÑO DEL HOSPITAL TAVERA

Elie J. Nahmias fue un empresario del mundo del petróleo. Había nacido cerca de Salónica en 1908, pero su familia se vio obligada a emigrar primero a la antigua Yugoslavia y luego a Suiza. Nahmías acabó asentándose en París, donde vivió hasta su muerte en 1994. Su gran pasión era la cultura sefardí, a la que él mismo pertenecía, de manera que viajaba a menudo por España en compañía de su mujer Inna. Especialmente tenían querencia por Córdoba, donde compraron una antigua casa solariega y la rehabilitaron sin escatimar medios ni buen gusto. Hoy la casa se conoce como “Casa del Judío” y una plaza cercana lleva el nombre del mecenas.

Carta de Mª Elena Gómez-Moreno, secretaria de las fundaciones Vega Inclán, al fotógrafo Pablo Rodríguez.
Carta de Mª Elena Gómez-Moreno a Pablo Rodríguez

Nahmias y su esposa tenían también pasión por cualquier lugar relacionado con la cultura judía, entre ellos, naturalmente, Toledo. El documento que os queremos enseñar hoy es buena muestra de ello. Se trata de una carta que la secretaria de las Fundaciones Vega-Inclán dirige a Pablo Rodríguez, nuestro conocido fotógrafo, para encargarle un reportaje. Lo mejor es transcribir esta parte de la carta: “Ahora, otro encargo. Un señor Nahmias, rico sefardí, que vive en París y tiene casa en Córdoba, tiene mucho interés en que se le fotografíe, en conjunto y en detalles, el cuarto de baño de azulejos de la Fundación Lerma (Hospital de Tavera). Es exigente en la calidad, tiene prisa y paga bien y pronto. Un conjunto, o varios, desde distintos puntos de vista y los detalles precisos para dar bien idea de todo”. Siguen los detalles de la entrega y pago del trabajo. Previamente, se ha hecho alusión a algún trabajo anterior encargado a los Rodríguez por la Fundación Vega-Inclán que, como sabemos y reza en su membrete, era entonces responsable de la Sinagoga del Tránsito y de la Casa del Greco, entre otros museos en España; en efecto, en el fondo Rodríguez del AHPTO se conservan varias fotografías y reportajes de ambos edificios. La carta tiene fecha de 1 de julio de 1967.

Conservamos esta carta de casualidad. Como ya hemos contado en varias ocasiones, al cerrar la Casa Rodríguez solo se compraron las fotografías, pero no los documentos textuales. Sin embargo, por algún motivo esta carta fue guardada en el mismo sobre que contenía los negativos encargados (y que, curiosamente, está rotulado como “Virgen de Guadalupe”), y así llegó hasta nosotros. Nos da alguna pista sobre el modo de trabajar de la Casa Rodríguez en esa época, porque alude a una cuenta de cliente, imaginamos que a nombre de las Fundaciones. En todo caso, hemos conservado tres fotografías de este reportaje, quizá las descartadas por el destinatario, que nos muestran un espacio muy poco conocido del famoso edificio. Dos de ellas dan una panorámica general, con alguna variación en la colocación de los objetos, y la tercera es un detalle de la azulejería. Como vemos, un par de fotos están rotuladas, indicando el objeto, el fotógrafo y la fecha: “Cuarto baño Tavera. Luisito. 22 julio 1967”; se refiere a Luis Rodríguez Garrido, el que sería último de su saga.

Baño del Hospital Tavera. Detalle de la azulejería.
Detalle de la azulejería

Finalmente, no podemos dejar de mencionar a la persona que firma la carta en cuestión. Se trata de Mª Elena Gómez-Moreno, una prestigiosa historiadora del arte que dirigía las Fundaciones Vega Inclán desde 1959. En la carta alude a su padre, el ilustre arqueólogo y arabista Manuel Gómez-Moreno Martínez.

DOS DOCUMENTOS SOBRE JUDÍOS

En nuestra exposición “Historias de la Edad Media” hemos dedicado un lugar especial a los documentos en que aparezcan musulmanes o judíos, las dos minorías religiosas más características de la época. Hoy os vamos a presentar dos documentos en los que intervienen directamente judíos. Curiosamente, ambos están fechados el año 1464.

Carta de venta de una casa en Talavera de la Reina en 1464 (detalle del encabezamiento)
Carta de venta de una casa en Talavera de la Reina en 1464 (detalle del encabezamiento)

Como ocurre muchas veces con los documentos de archivo en general, y con los medievales en particular, su interés no es evidente sino escondido. Aparentemente, son papeles o pergaminos llenos de una escritura de difícil lectura para nosotros y sin apenas dibujos o adornos. Así es el primero de nuestros documentos de hoy. Se trata de una escritura de juramento fechada en marzo de 1464 que forma parte de un expediente sobre la venta que hizo doña Cetí, judía y viuda de don Yuçaf Abengadalla, de unas casas en la collación de Santa María de Talavera de la Reina a Martín González de Pedraza, gravadas con un censo en favor de la Colegiata. Sabemos que el difunto marido fue arrendador en 1460-61 del tributo de la “asadura” para la Hermandad Vieja de la ciudad, tributo que consistía en una tasa sobre el paso del ganado por determinados lugares. El primer detalle interesante es que en la carta de venta inmediatamente anterior vemos que Doña Cetí actúa en nombre de sus hijos Ilia y Cedina “como su tutriz e curatriz”, sin necesidad de licencia de ningún varón cercano, lo que resulta significativo en cuanto a la situación de las mujeres en finales de la Edad Media.

Detalle del juramento sobre la venta de una casa en Talavera de la Reina en 1464
Detalle del juramento sobre la venta de una casa en Talavera de la Reina en 1464

Pero lo más llamativo de este documento es el juramento propiamente dicho. Como era de rigor en el momento, después de otorgada la escritura de venta la vendedora debía jurar expresamente que no iba a echarse atrás ni ella ni sus herederos. La fórmula habitual hacía alusión a los Evangelios y a la Cruz, pero en esta ocasión la fórmula que utiliza es la siguiente: “juro por el Nombre del Criador vivo verdadero, que fiso çielo e tierra e mar e arenas e abrió la mar por dose carretas e dio la Ley a Moysén en el monte de Synay, e lo escribió con su dedo en tablas de piedra, e por los Diez Mandamientos de la Ley…”. Por supuesto, esta impresionante frase, que obliga por igual a cristianos y a judíos, es la fórmula legal que ya se recoge en el “Espéculo”, una de las recopilaciones de leyes mandadas hacer por Alfonso X, pero aun así no es demasiado habitual que aparezca en los documentos.

El segundo documento que os queremos enseñar es un recibo. Forma parte del expediente de compra de un olivar en Val de Santo Domingo que adquirió el convento de Santo Domingo el Real de Toledo al judío don Baruc Alocanén, de Maqueda en julio de 1464. Se trata del recibo de haber pagado la correspondiente alcabala, un impuesto similar a nuestro IVA. El interés radica en que todos los intervinientes son judíos. En efecto, los arrendadores del impuesto son Yudá Alocanén —quizá pariente del comprador de la finca— y Mosén Bahalalú; este último parece que años después se convirtió al cristianismo con el nombre de Lope Fernández. Se especifica que el olivar en cuestión, llamado “El Majuelo”, situado en el pago de Las Tapias, había sido de Mosén Gavisón, y que el pago efectivo no lo hizo Baruc en persona, sino a través de Yudá Abençubal. Incluso encontramos dos firmas, presumiblemente de los dos arrendadores del impuesto: en efecto, en una de ellas se lee “Yudá” y luego un signo, mientras que la otra, mucho más pequeña, resulta completamente ilegible para nosotros. Como en el documento anterior, no es que las firmas de judíos medievales sean totalmente excepcionales en los archivos españoles, pero tampoco aparecen todos los días.

Por último, si tenéis curiosidad por saber más cosas sobre estos judíos, nosotros hemos sacado algunos datos de este artículo de César Pacheco sobre los de Talavera y de este otro de Gonzalo Viñuales sobre Maqueda.

LA ODISEA DE LOS SEFARDITAS EN TOLEDO EN 1943

Uno de los asuntos que ha atraído la atención social en relación con la historia del régimen de Franco ha sido su actitud para con los judíos que huían de la persecución nazi durante la II guerra mundial. Los debates al respecto son apasionados y la bibliografía muy extensa. Podríamos concluir que la actitud del régimen fue cuando menos ambigua, entre la tolerancia con los judíos «españoles» —es decir, sefardíes—, y la colaboración con las potencias del Eje. Eso sí, hubo funcionarios que ignoraban o incluso desobedecían las órdenes oficiales para ayudar a los judíos que huían del horror, sobre todo en el ámbito diplomático; los más conocidos son Ángel Sanz en Budapest y Julio Palencia en Sofía. Pero, con todo, el régimen franquista no admitió que estos sefardíes se instalaran en España, salvo en sus posesiones del norte de África, sino que solo les permitió el paso con otros destinos.

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Este es el caso del grupo que pasó por Toledo en la segunda mitad de 1943, y cuyas andanzas fueron reseñadas en una publicación francesa hace algunos años. El 14 de agosto el Jefe de Fronteras del Norte de España comunica al Gobernador Civil de Toledo que “nueve sefarditas procedentes de París” han pasado la frontera de Irún y han sido dirigidos a Toledo; dos días después el gobernador transmite la información al Comisario Jefe de Policía de la ciudad. Un telefonema nos informa de que solo se habían presentado cuatro pasaportes, a los que quizá unos días después se añadió uno más según una nota manuscrita. En todo caso, el 19 de agosto se añade al grupo otro refugiado, Camille Fort, con la intención de reunirse con sus familiares; esta vez procedía de Barcelona, a donde había llegado de forma ilegal, pero de esta persona no volvemos a tener noticias.

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Durante las semanas que permanecieron en Toledo, los refugiados vivieron “confinados” en dos casas de la calle Escalerillas de la Magdalena, hoy Trastámara. Durante ese tiempo dos de ellos salieron hacia Barcelona: Azarías Chiprut Behar, de 71 años y natural de Turquía, quien marchó el 7 de septiembre para reunirse con su hijo enfermo; y Edith Maria Esther Mahamías, quien fue a reunirse con su esposo el 11 de noviembre.

 

El 14 de septiembre el Ministerio de Asuntos Exteriores autoriza a un representante de la “Delegación de Asociaciones Americanas” a que realice gestiones para aclarar el destino de este pequeño grupo de refugiados. El 1 de diciembre se ordena que sean trasladados a Málaga “al objeto embarcar para su nueva residencia”. Pero solo se menciona a ocho refugiados, a los que el Comisario de Policía advierte que hay que restar los dos que ya se trasladaron a Barcelona, es decir, seis en total. Las cuentas no salen porque, aun suponiendo que Camille Fort no fuese sefardí, deberían ser siete personas. En todo caso, estos seis judíos, acompañados de dos policías toledanos, se presentaron en la Comisaría de Málaga el 7 de diciembre de 1943 para embarcarse rumbo a Casablanca, donde se establecieron hasta hoy. Solo nos queda reseñar aquí sus nombres: Eliezer Carasso Hassid, Matilde Amariglio Salem, Alegra Carasso Amariglia, Dora Miranda Benosiglio, Yaime Yessna Miranda y Susana Yessna Miranda. Los documentos indican que casi todos son de origen griego y con edades entre los 15 años de Yaime Yessua —que además es el único de origen francés—y los 63 de Eliezer Carasso.

Las casas del judaizante (II)

La semana pasada os presentábamos un interesante conjunto de documentos fechados en los primeros días de 1492 que nos cuentan los avatares de unas casas en la parroquia de Santa Leocadia de Toledo, propiedad del Hospital del Rey. Las casas estaban dadas a censo perpetuo a Juan de Toledo, escribano; de él pasaron a su hija Teresa y su yerno Juan Álvarez. Pero estos rompieron su contrato, de manera que el Hospital tuvo que buscar un nuevo inquilino, encontrándolo en Diego de San Martín, escribano de la Inquisición, que se quedó con la parte “nueva” de las casas. Pero también nos enteramos de que Juan de Toledo había sido condenado por judaizante, lo que explica las prisas de su hija y yerno y también la personalidad del nuevo ocupante de las casas.

También señalamos que, como casi todos los documentos de archivo, este expediente no tiene una apariencia demasiado atractiva, pero en cuanto se le dedica un poco de atención, encontramos varios detalles curiosos. Vamos a ver algunos.

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En primer lugar, detengámonos en el acto de toma de posesión de las casas, realizado el 5 de enero de 1492. Aquí aparecerá, además, la criada que, según todos los indicios, casi forma parte de la casa, aunque formalmente ella acepta seguir siendo la mantenedora en nombre de su nuevo amo; quizá no tuviera otra opción. En todo caso, se reúnen ante la puerta los representantes de la cofradía, encabezados por su mayordomo Pedro de Villarreal, junto con San Martín, y lo mejor es limitarnos a transcribir el documento, actualizando la ortografía. El mayordomo “lo metió dentro de ella” al nuevo poseedor, quien enseguida “en señal de posesión echó fuera de las dichas casas al dicho Pedro de Villarreal y a los que ahí estaban presentes, y a Juana, criada de Juan Álvarez Romano, que en las dichas casas estaba y moraba. Y cerró sobre sí las puertas principales que salen a la calle, y paseóse por las dichas casas de una parte a otra, y abrió las dichas puertas […] Y luego tomó por la mano a la dicha Juana y metióla en las dichas casas y dijo que él la ponía y puso dentro en ellas para que por ellas tuviese tanto cuanto su voluntad de él fuese. Y la dicha Juana así otorgó que las recibió y se obligó de las tener por el dicho Diego de San Martín”. Es casi una coreografía.

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De otras partes de los documentos entresacamos también algunos datos jugosos sobre la forma de reunirse de los cofrades responsables del Hospital. Las reuniones se convocaban el día anterior mediante una “cédula” que los porteros de la cofradía entregaban a cada cofrade en su propia casa. La reunión se realizaba “a campana tañida” y “entre prima y tercia”, es decir, entre las seis y las nueve de la mañana. En otro momento, Teresa Álvarez “por sí y en su ánima y en ánima del dicho Juan Álvarez de Toledo su marido, por virtud del dicho poder, juró en forma a Dios y a Santa María y a la señal de la Cruz atal como esta”; en la imagen podéis ver dibujada la cruz en cuestión. Por último, entre las condiciones que el Hospital pone para el nuevo poseedor de las casas está que no las pueda enajenar “a caballero ni a escudero ni a dueña ni a doncella ni a iglesia ni a monasterio ni a cabildo ni a cofradía ni a luminaria ni a cruzada ni a fraile ni a clérigo ni a monja ni a moro ni a judío”, solo a pecheros con bienes suficientes para pagar el censo.

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Los documentos están todos copiados a línea seguida en un cuadernillo de pergamino. Pero, al final, se le ha añadido otro documento posterior. A simple vista se aprecia que ya no está en pergamino, sino en papel (eso sí, papel de trapos, muy diferente a nuestro papel actual), y que la letra cortesana se ha transformado en lo que conocemos como “letra procesal”, de la que Cervantes afirma “que no la entenderá Satanás” (Quijote, I, XXV). Este documento data de marzo de 1596 y es el reconocimiento del censo que todavía se sigue pagando al Hospital del Rey por las casas de las que venimos hablando. Gracias a este documento sabemos que el ocupante de las casas en ese momento era Alonso de Herrera Nieto, quien a su vez las había comprado del famoso mercader Lorenzo Cernúsculo y su mujer Isabel de Guzmán. También conocemos con más precisión su ubicación, linderas “con una callejuela angosta que sube a la plaza de Juan de Padilla”, quizá la actual calle de Garcilaso de la Vega.

LAS CASAS DEL JUDAIZANTE (I)

En la exposición “De puertas para adentro”, que todavía puede verse en el Museo de Santa Cruz de Toledo, se incluyen tres documentos prestados por nuestro archivo. Ya dedicamos sendas entradas a dos de ellos, y hoy nos dedicaremos al tercero. Como pasa con muchos documentos de archivo, su aspecto no es especialmente atractivo, aunque llaman la atención el hecho de estar escrito íntegramente en pergamino, la primorosa letra cortesana o el elaborado signo del notario apostólico que lo redactó. Por cierto, que se puede apreciar a simple vista la diferencia entre una escritura realizada con calma y otra hecha a toda prisa.

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En realidad, se trata de varios documentos cosidos juntos formando un cuadernillo de 39 páginas. Algunos de ellos, a su vez, copian otros relacionados, con lo que el conjunto es de una media docena de documentos, todos fechados entre el 30 de diciembre de 1491 y el 5 de enero del año siguiente. Recordad que 1492, además del descubrimiento de América y de la conquista de Granada, es el año de la expulsión de los judíos.

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Bien, pues el resumen del asunto es el siguiente: el Hospital del Rey de Toledo tenía dos pares de casas, todas colindantes entre sí, en la collación de Santa Leocadia, dadas a censo perpetuo o enfitéutico a Juan de Toledo, que fue “escribano y lugarteniente de escribano mayor de los Ayuntamientos” de la ciudad. Un censo enfitéutico era la cesión de un bien (unas casas, en esta ocasión) a cambio de una cantidad fija para siempre, es decir, una especie de alquiler que hoy llamaríamos “de renta antigua”. En nuestro caso, el censo era de 3.700 maravedíes al año. Juan de Toledo había muerto y las casas, con su censo, pasaron a su hija Teresa Álvarez, casada con Juan Álvarez de Toledo, también escribano pero ausente de la ciudad. Pero este matrimonio no parece interesado en mantener esta situación y proponen al Hospital romper el contrato. El Hospital protesta porque “por estar agora las dichas casas mal reparadas, diz que… quieren fazer dexamiento dellas”. Sin embargo, llegan a un rápido acuerdo, y Teresa y Juan se desprenden de las casas en cuestión. Inmediatamente, el Hospital encuentra inquilino, pero solo para “un par de casas que son las nuevas que el dicho Juan de Toledo labró”. El nuevo arrendatario es Diego de San Martín, escribano de la Inquisición, quien pagaría por ellas 2.050 maravedíes.

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Parece un simple expediente de traspaso de inmueble con censo. Pero en un momento determinado se dice que las casas volvieron a posesión del Hospital “por causa e razón que el dicho Juan de Toledo fue declarado e condenado por el delito de herética pravedad”. En otras palabras, que era un judaizante y que fue condenado por la Inquisición, perdiendo todos sus bienes. No debe ser coincidencia que el destinatario final de estas casas (no todas, sino solo las “nuevas”) sea precisamente un empleado de la temible institución. Esto podría explicar también que su yerno no quisiese aparecer por Toledo en tiempos tan convulsos para los judíos y para todos los relacionados con ellos, enviando en su nombre a su mujer, hija del judaizante. Incluso en algunos documentos ni siquiera está presente la misma Teresa, sino que la representa su tío, el también escribano Fernando Rodríguez de Canales. Toda precaución debía parecerles poca.

Estos documentos ofrecen todavía algunos detalles curiosos, que, para no extendernos demasiado, dejaremos para la próxima semana.