LA BOTICA DEL HOSPITAL TAVERA

Entre la documentación del Instituto de Segunda Enseñanza de Toledo encontramos un pequeño pero muy interesante grupo de papeles correspondientes a la actividad del presidente de la Comisión provincial de Monumentos entre 1937 y 1939, Eduardo Juliá, quien además fue en esa época director del Instituto. Uno de esos documentos es un detallado inventario de la situación de la botica del Hospital Tavera fechado en septiembre de 1938 y firmado por Antonio del Castillo,  director de la Academia de Infantería —entonces provisionalmente instalada allí—; sor Teresa Enríquez, superiora de la comunidad de monjas carmelitas que había regentado el hospital; el alcalde de la ciudad Fernando Aguirre y el propio Juliá.

La botica en cuestión ha llamado siempre la atención de expertos y de simples visitantes e incluso hoy es uno de los principales atractivos de un edificio plagado de ellos. Eso motivó el informe, por supuesto, pero también había dado lugar a que el local hubiese sido fotografiado en bastantes ocasiones con anterioridad. Algunas de esas fotografías están hoy también en nuestro archivo, de manera que podemos unir la descripción textual con las imágenes para hacer un breve recorrido por este singular espacio. Las fotografías no están fechadas, pero es muy probable que todas sean anteriores a la guerra civil.

Así, en estas dos fotografías realizadas por Pedro Román se nos muestran la mesa o el mortero donde los boticarios realizaban su trabajo. El informe, por su parte, nos indica que la mesa mantenía en su sitio los tinteros y las salvaderas de estilo talaverano, además de algunos instrumentos modernos. En otras partes del informe se indica que los morteros también estaban en buen estado.

Otras fotografías nos presentan sus estanterías, decoradas con azulejos y llenas de tarros de vidrio coloreado y, sobre todo, de primorosa cerámica talaverana. El informe llega a contabilizar los tarros, según su clase y su ubicación. Nosotros no hemos comparado detalladamente estos datos con las imágenes, pero es evidente que se han perdido pocos.

Y, en fin, tenemos también el famoso “ojo del boticario”, un armario que, tras sus puestas de modesta celosía, oculta una espléndida cajonera decorada en el centro con el escudo del fundador del hospital. Aquí se guardaban los ingredientes o preparados más valiosos o peligrosos, de los que el boticario debía tener especial cuidado. Como es lógico, el informe también lo describe con detalle, y aquí sí señala algunos desperfectos reseñables. Hay que tener en cuenta que estos informes, bastante habituales en ese momento, unían a su finalidad de gestión del patrimonio histórico y artístico un matiz político, puesto que todos los destrozos localizables se achacaban sistemáticamente al bando contrario. Sin embargo, en la ciudad de Toledo, salvo la zona cercana al Alcázar y algunos otros puntos, los estragos de la guerra sobre estos materiales fueron relativamente escasos. De hecho, como hemos podido comprobar, la botica del Hospital Tavera y sus frágiles materiales habían permanecido casi intactos.

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